Estrella de campo

Inglaterra

LO HABÍA sido todo. El éxito la alcanzó, tal vez, demasiado pronto. Con veinte años era guapa, sexy, glamourosa y triunfadora. Se codeaba con embajadores, productores, empresarios y políticos del máximo nivel y, cuando Londres se le quedó pequeño, Hollywood la acogió con un abrazo tan dorado como efímero. Sus caderas cimbreantes daban bien en cámara, sus labios transmitían una sensualidad vaporosa de hipnóticos efluvios y su mirada cautivaba, más allá de la pantalla, a cuantos la rodeaban.

Pero el éxito puede ser una espiral sin retorno que lo devasta todo. Comenzaron los excesos, el derroche, las interesadas compañías y las malas decisiones. Cambió de maridos como quien cambia de bolso, sin criterio, tan pronto seducida por un rostro joven y bonito como atraída por la ostentación y el lujo de un oscuro potentado. La dependencia la sorprendió a contrapié: sus discos ya no se vendían, había elegido mal sus últimas películas y, puesto que nunca había destacado por la calidad de sus interpretaciones y su físico, tan empapado de alcohol, deslumbraba menos que los de las nuevas divas del celuloide norteamericano, comenzó a sobrar en el negocio y, consecuentemente, a estorbar en los saraos elitistas que antes frecuentaba.

Fue arrinconada lenta y dolorosamente.

Los mismos que le reían las sosadas le retiraron el saludo; los que se bebían junto a ella las copas de champán preferían evitarla. Pronto dejó de interesar a los dandis, y se encontró desubicada en un país ajeno.

Volvió a Inglaterra e invirtió sus últimos ahorros en una cura de desintoxicación, primero, y después en una parcela entre colinas, al sudeste del país, delimitada por setos vivos y pastos más bien bajos. Vive rodeada de vencejos, zorros rojos y tejones. Disfruta del olor del heno y de los azahares y, los festivos, cuando tiene tiempo, prepara un pudin exquisito sobre el fuego chisporroteante.

No extraña el lujo, la ostentación, el glamour ni a sus antiguos amantes. Se ha vuelto hospitalaria y generosa, como sus nuevos vecinos, y su tranquilidad actual solo se ve alterada cuando algún periodista nostálgico o mal intencionado intenta fotografiarla o le pide un exclusiva.

—Respétame el silencio —suplica con los ojos aún vidriosos de recuerdos. Ajada, aunque feliz con su marido anónimo, bonachón y corpulento, tiende hacia la satisfacción sus encallecidas manos de uñas agrietadas por el quehacer diario.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Agosto 2010

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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