Burundanga

Cuba

SUS MANOS eran cálidas y suaves como edredones del alma. Entorné los ojos y la enfoqué despacio, desubicado, mientras sentía su caricia sosteniéndome la nuca y el frescor de un pañuelo húmedo rozándome la frente.

—Perdí la voluntad —balbuceé con un hilo de voz, hecho un ovillo de dolores y sintiendo sobre el labio superior el sabor salado y tenue de la sangre.

—No debiste venir solo acá, blanquito. Este no es terreno limpio para los turistas.

Su timbre era delicioso, como un bombón de licor que vigoriza antes de dejar un fuerte aroma en cada papila gustativa. Traté de incorporarme y me mareé, debilitado, cayéndome hacia atrás y siendo sostenido nuevamente por la suave palma de ébano bajo mi cabeza.

—Descansa, cielo. Yo te daré ayuda.

Aguardó junto a mi cuerpo con sonriente paciencia, sus rizos descendían ondulantes sobre los hombros desnudos mientras irregulares gotas de sudor empapaban su epidermis cuan una varicela de cansancio que contrastaba con la expresividad de sus ojos, alegres, vivarachos y animados, como los dedos de un niño.

—Había quedado con un grupo de amigos —me justifiqué después de unos minutos, todavía con torpeza aunque un poco más centrado—. Me dijeron que los conocían, me engañaron, nos pusimos a beber… y no recuerdo bien…

—Te echaron burundanga en la bebida —afirmó, omnisciente, a la vez que me ayudaba a incorporarme al comprobar que había recobrado algunas energías.

—No recuerdo más que flashes: la visión se me empezó a nublar, me sentí confuso, totalmente aturdido. La música martilleaba mis nervios. Me dijeron que saliera. Anduvimos…

—Te trajeron a este callejón.

—Como en una nebulosa —asentí— noté que rebuscaban mis bolsillos. Yo intentaba huir, pero no reaccionaba, apenas conseguía controlar mis movimientos. Recibí algunos puñetazos, un par de puntapiés…

—Y despertaste aquí —suspiró—. Te habrán robado la cartera. Mira a ver, blanquito, si al menos te dejaron el visado.

Lo encontré, angustiado. Ella me invitó a su casa. Curó con celo mis heridas, compartió conmigo sus escasos víveres y me permitió acostarme en su sofá hasta que los dolores remitieron. Nunca supe si vivía sola o tenía un compañero. Nunca a qué se dedicaba. Qué sueños tenía. Qué metas buscaba. Sé que es peligroso, pero cada tarde vuelvo a ese mismo barrio santiagueño tratando de encontrarla. Siempre la recuerdo en una nebulosa. Igual que burundanga.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Junio 2010

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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