Nieve en el ser

Suiza

GINEBRA es una ciudad extremadamente silenciosa. Paseando frente al lago, contemplando de reojo la pantalla de agua en forma de arpa proyectada por el surtidor, el tiempo se detiene en los recuerdos y la sensación de pérdida se agiganta en Susanne Bühler. El silencio urbano, agradable en otros tiempos, es ahora para ella un alarido de angustiosa soledad paralizante. Nadie contemplaba la muerte de su esposo. Joven, activo, deportista… Dispuesto a triunfar en los negocios, a trascender teniendo hijos con ella, a seguir siendo feliz como lo era, la carretera se interpuso en su existencia y segó su vida entre el amasijo de metales en que quedó convertido su automóvil. A Susanne ni siquiera le mostraron el cadáver:

—Es mejor que lo recuerdes como era —le dijo el doctor Meier, comprensivo.

Ya había pasado las épocas del shock, del desconcierto, de la desazón y los sepelios. Había regresado la vida cotidiana, los cercanos ya no estaban tan cercanos, y lo echaba de menos cada día más, con un dolor desesperado que se hacía cró-nico porque se alimentaba de los detalles más pequeños. Cuando en vez de las caricias del marido la despertaba el metálico sonido del despertador. Cuando desayunaba frugalmente en soledad, desgarrada, con la mirada clavada en la tostadora que él siempre utilizaba. Cuando regresaba del trabajo y nunca lo encontraba en casa. Cuando acariciaba las americanas y los suéteres que ya nunca se pondría. Cuando, simple y llanamente, necesitaba hablarle.

—Debes rehacer tu vida —le aconsejó su hermana. Pero había sido fácil para ella, que no amaba a su marido, divorciarse y empezar de nuevo al descubrir sus infidelidades—. Eres joven todavía…

No obstante le dio vueltas al tema. Al cabo de seis meses lo abandonó todo: su casa, el vecindario, la oficina… Desapareció. Empezó de cero. Se trasladó a un pueblecito de montaña, donde alquiló una casita rústica bajo el cielo azul celeste y el blanco de la nieve. Solo deseaba dejar pasar el tiempo. Aquel lugar nevado sería su refugio. Cambió de profesión: ahora es monitora de esquí y trabaja a la intemperie, de pie, en ropa deportiva. Cada mañana, cuando la intensidad solar crea fulgores de energía sobre la pálida nieve, sonríe y piensa que acertó cambiando de escenario.

Al menos, en los Alpes, todo es nuevo. El recuerdo de su amado permanece intacto, doloroso y lánguido en el alma, pe-ro la naturaleza la hace ser consciente de su insignificancia, de que hay algo más grande, un ingeniero creador capaz de proyectar tanta belleza.

Y se hace la ilusión de que su esposo está con él, admirando desde arriba cómo sobrevive.

 *          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Mayo 2010

 
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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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