La hermandad

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Siempre habían sido el uno para el otro. De niños correteaban detrás de cualquier balón por los pasillos de casa, los solares de la urbanización, el césped de los parques o el patio del colegio. Los dos eran fibrosos, habilidosos, descarados y muy técnicos, y habían hecho realidad la eterna ilusión de papá, quien les regaló el primer balón firmado por futbolistas profesionales cuando tenían dos y un año respectivamente.

Diez meses después instaló en el jardín doméstico una portería con las medidas oficiales y una lona sobrepuesta con agujeros puntuables, con la que los dos hermanos organizaban solitarios, rápidos y competiciones a diario. A su padre no le importaba demasiado que no hicieran los deberes; pero mamá, en eso, era diferente: los balones permanecían bajo llave hasta que las tareas estaban terminadas y entonces sí, los dos jabatos gambeteaban sobre la hierba o se retaban a conseguir series de tiros imposibles, en ocasiones poniendo en riesgo los cristales de la puerta corredera.

Papá se jactaba de los genes futbolísticos transmitidos a su hijos, aunque en realidad él solo había sido un pelotonero mediocre, con más vocación que cualidades, hasta que un problema en la espalda lo obligó a abandonar su carrera, en tercera división, antes de tiempo. Sus hijos fueron, para él, una liberación, un estímulo y un premio. Así, cámara en ristre, comenzó a seguirlos por esos campos de Dios del fútbol base aragonés antes y después de que el Real Zaragoza se fijara en ellos para sus equipos alevines.

Ambos eran buenos. Buenísimos, incluso. El mayor, que era el más bajo, se movía maravillosamente bien en la posición de mediapunta, abría huecos, lanzaba pases ganadores, jugaba al primer toque y remataba excelentemente desde la larga distancia. El pequeño, cuando pegó el estirón, contó con una extraordinaria planta de killer inmisericorde, guerrillero, certero y muy preciso. Sabía recibir de espaldas, rematar a puerta con cualquier parte de su cuerpo, pelearse a cara de perro con los defensores más duros y potentes.

Conforme cumplieron años las ilusiones familiares comenzaron a hacerse realidad: de promesas pasaron a neoprofesionales. Firmaron por una empresa de representación de jóvenes talentos, las selecciones regionales se les quedaron pequeñas y comenzaron a asomarse a las nacionales. El pequeño, incluso, llegó a ser finalista en su segundo europeo.

Se fueron juntos de España: los representantes les preguntaron si estaban dispuestos a salir al extranjero, y su padre les animó a decir que sí, seguro de que el United o el City acabarían fijándose en sus hijos.

Empezaron juntos en la segunda división escocesa e iniciaron esta etapa tirando de talento, constancia y sacrificio. Pero el destino no les resultó parejo, al menos al principio. Mientras el ariete goleaba dominando el juego aéreo y mordiendo dentro del área, el mediapunta comenzó a chupar banquillo. Su estrella se apagó: pasó una temporada y media en el ostracismo antes de marcharse, sin su hermano, de vuelta para España. Se convirtió en un currante del balón entrenando y jugando en campos medianeros, a veces cobrando mal y tarde, recibiendo tantas zancadillas y tan duras patadas que sus espinilleras jamás duraban una temporada entera.

Su hermano se encumbró en el fútbol británico y debutó, incluso, en Premier League, donde llegó a marcar un tanto intrascendente. La temporada en que el equipo del mayor ascendió inesperadamente a la Liga Adelante, le enseñaron al pequeño la puerta de salida, y también regresó a España, como cedido en esa misma liga, aunque con una elástica distinta. Fue uno de los fichajes destacados de un aspirante al ascenso.

Se enfrentaron en el tercer partido de la competición, en el campo del mediapunta. Papá y mamá acudieron a la cita ilusionados, expectantes, tal vez algo confusos, deseando que los delanteros se impusieran a los defensores y que sus chicos mojaran.

Los dos fueron titulares.

Empataron a ilusión, entrega y sacrificio. Su enfrentamiento fue noticia menor en los diarios deportivos y en algunos espacios especializados de televisión. Durante el partido nunca rehuyeron el contacto, como de pequeños, al disputarse el balón. Saltaron chispas entre ellos en los córners, e incluso el mayor llegó a cagarse en el padre de su hermano tras recibir un codazo improcedente en la disputa de un balón aéreo.

No fueron familia durante el partido.

Pero al terminar el choque, ambos se buscaron camino del vestuario, se abrazaron y empezaron a contarse sus secretos y vivencias mientras papá revisaba, en la pantalla de su videocámara, qué tal había quedado aquella grabación histórica.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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