El filibustero

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EL GESTO de cortar el cuello es, sin duda, universal. Los hombres de Sugula Warsamé no necesitan aprender idiomas para hacerse entender. Respaldados por su Kalashnikov o por el lanzacohetes, suben en tropel al barco e intimidan a los marinos haciéndolos permanecer tumbados, boca abajo, con las manos a la espalda como si fueran delincuentes en vez de pescadores, comerciantes o simples navegantes desafortunados. Dominado el barco en poco más de quince minutos, los piratas ya no tienen prisa. Mastican khat —un arbusto africano anfetamínico que les hace sentir indestructibles—, arramblan con los teléfonos móviles, sa-quean los camarotes en busca de objetos de valor y se aprovisionan de tabaco, pues son tan dependientes que el mono de nicotina los vuelve impredecibles.

Ahmad Hawiye está intranquilo. No acaba de acostumbrarse a ese nuevo oficio de filibustero, pero sabe a ciencia cierta que es su mejor opción. Él era pescador en esas mismas aguas hasta que llegaron las mastodónticas embarcaciones occidentales y lo arrasaron todo. Tiene una familia que cuidar, una mujer e hijos a los que alimentar, y los piratas ganan jornales suculentos junto al respeto en la zona. Además, todavía no ha tenido que disparar a nadie, confía en no tener que hacerlo nunca.

Traga saliva. Lleva el rostro cubierto por un pañuelo blanquinegro y la brisa le acartona la piel mientras ve de refilón a un prisionero inquieto, removiéndose en el suelo. Se aproxima hasta él, nervioso, y apoya firmemente el fusil en su cabeza; el gesto es suficiente para amedrentarlo y mantenerlo inmóvil toda la mañana. Ahmad concluye que, como él, también es un padre de familia. No tiene nada en contra suya, se trata meramente de un trabajo. Siguiendo las indicaciones de su líder, se acerca a continuación al cocinero y le obliga a levantarse:

Eat, eat —pronuncia secamente mientras aproxima sus curtidos dedos índice y pulgar hasta la boca, haciendo el gesto de comer. Uno de los secuestrados probará después el guiso, antes que nadie, por si llevara veneno. Ahmad no piensa en ello: quiere construirle a su familia una mansión en Galcaio. Con algo de paciencia podrá acumular dinero suficiente pa-ra comprarse también un todoterreno, su máxima ilusión, y una segunda esposa a la que ya ha echado el ojo, una joven de Puntlandia realmente atractiva. Muchos de sus compañeros presumen ya de vehículos lujosos, mujeres guapas y fajos de billetes de cien dólares. Él ha decidido escapar de la miseria. Sacar a su familia de la ruina. Vivir a todo tren mientras le sea posible. Es su obligación paterna. Y mientras la ambición se va enquistando en su biografía delictiva, el khat regruesa sus glándulas salivales volviéndolo cada vez más paranoico, agresivo y peligroso.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Abril 2010

 
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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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