Tonto listo

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—No es que sea retrasado, es que los demás han conseguido adelantarme —solía justificarse Bonifacio, conocido como El Boni, cuando alguno le mentaba su disminución intelectual por despiste o por malicia. El chaval era un tonto listo. Uno de esos que aprovechan su inferioridad para sacar tajada: birlar regalices o phoskitos en la tienda de las chuches, colarse en los conciertos o rozar algún trasero con la mano, esa sí muy tonta, en las aglomeraciones de los autobuses urbanos.También hurtaba monedas en las cabinas telefónicas del Paseo Independencia, amedrentaba a los chiquillos en el barrio para trincar golosinas y hasta a veces, el jodido, jugaba a lanzar piedras desde el puente a los vehículos que cruzaban la autovía. Aunque en esto, todo hay que decirlo, tenía menos culpa: había otros chavales con más coeficiente intelectual y peor leche que dirigían aquella gamberrada delictiva y le obligaban a participar, quisiera o no, a fuerza de collejas, empentones y sarcasmo.

A El Boni le pirraban las mujeres desde mucho antes de haber aprendido a meneársela. Y cierto es que, entre los de su condición, era un privilegiado, pues ligaba más que nadie: era descarado, picante y pegajoso, las tumbaba casi siempre por desgaste, tras acorralarlas con sus comentarios ofensivos o soeces y sus veloces tentáculos. No tenía novia, ni quería, solo amigas con derecho a roce, aunque este se lo concedía él mismo con independencia de lo que ellas le decían.

Curraba de «chico para todo, y para nada» en la tienda familiar, donde le echaban los recados, cuando los había, o lo echaban directamente al parque para evitar la charla espesa, atolondrada e incansable con que los machacaba. Las clientas ya no querían que les llevase la compra a domicilio: tardaba demasiado en irse de sus casas. Lo husmeaba todo mientras encadenaba una anécdota tras otra, estirando en plan rocero las dos manos y arrimando cebolleta, a lo zorrucho, en cuanto la anfitriona andaba despistada.

Así que últimamente El Boni pasaba más tiempo en el parque, juntándose con todos pero sin discutir con nadie.

Diciendo que sí siempre para hacer, después, su santa gana.

El Boni era feliz, no se cambiaría por ninguno.

Bueno, tal vez sí:

—Si supiera hablar francés me haría presidente —cacareaba—, ¡para estar con Carla Bruni!

Y se descojonaba con esa risa grave y trastornada que lo identifica.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Junio 2009]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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