Gracias al Ebro

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Desde luego, ya no era un chaval. Había pasado demasiados años batiéndose el cobre en ligas menores e impulsando con tesón una esforzada carrera itinerante por varios continentes como para conservar los aires de grandeza del principio. La ilusión por destacar. Por jugar en la Liga BBVA. Por convertirse en estrella, ser mediático y volver a aparecer en esa colección de cromos Este en la que su imagen adquirió fugaz protagonismo hace una década, cuando despuntaba en el filial, jugó algunos partidos de pretemporada con el primer equipo y los asesores futbolísticos de la editorial lo escogieron como «Pon el que prefieras» para compensar la baja de un jugador cedido a última hora. Por aquella época llegó a ser internacional sub 19 y su progresión parecía anticipar un futuro deslumbrante.

Nadie, sin embargo, apostó por él del todo: los años transcurrieron en el filial y se pasó su arroz. Los técnicos se cansaron de verlo cumplir años y el club no renovó su contrato tras el último descenso del filial. Sus representantes lo llevaron a un equipo puntero de Segunda, pero los problemas de la entidad propiciaron una pésima campaña que terminó en descenso y ruina económica. Como las ofertas recibidas no les parecieron atractivas, sus asesores lo colocaron en la liga mexicana, en la que estuvo tres temporadas; después viajó a la griega y, finalmente, a la malaya, donde se dio cuenta de que no le compensaba estar tan lejos de su casa, tan al margen de su mundo, de su entorno y su familia.

Su novia de toda la vida, una muchacha encantadora del barrio del Arrabal, no había dudado en acompañarlo en su aventura; pero la convivencia no resultaba sencilla cuando se tenían solo el uno al otro, en un país exótico e incomprensible en el que les resultaba complicado, incluso, llenar el carro de la compra.

Tenían planes de boda.

Pero no de esa manera. Deseaba prometerle amor eterno y tener un hijo juntos. Seguramente dos. Quién sabe si hasta tres.

Ella no estaba feliz. Lo notaba en sus miradas apagadas, en sus sonrisas forzadas. En los comentarios velados sobre la familia, los amigos o la carrera que deseaba retomar en cuanto fuera posible.

El centrocampista había hecho algo de dinero, aunque desde luego no lo suficiente para poder colgar las botas y dedicarse a otra cosa con el futuro encauzado. Su equipo lideraba la exótica competición, él era titular, hacía goles y ganaban puntos gracias a su juego. Sin embargo, se encontraba hastiado. Telefoneó a la empresa que lo representaba y pidió volver a España. Lo más cerca posible de su casa.

Le advirtieron que la economía futbolística del país estaba en quiebra, que tal vez podrían colocarlo en un Segunda B pero que su sueldo distaría mucho del actual. Intentaron convencerlo:

—Todos vamos a perder dinero —le dijeron.

—Perderemos muchos más si me retiro —sentenció de manera inapelable.

Concluyó la temporada, hizo las maletas con su novia y regresó a orillas del Ebro para pasar las vacaciones con los suyos. El móvil de sus representantes no sonaba demasiado. «Podemos ir a Thailandia. Y, tal vez, a Japón», le propusieron.

El futbolista, pese a que todavía no le había dicho nada a su pareja, se negó en redondo.

A principios de agosto llegó la noticia que esperaba. El CD Ebro estaba interesado en contratarlo. Querían mantener la categoría y pensaban que alguien con su experiencia podría ser muy útil. Firmaron el acuerdo en dos reuniones.

Inició la pretemporada con los arlequinados, adquirió protagonismo y lideró una temporada memorable con el club de La Almozara. Volvió a ser feliz jugando al fútbol. Consiguieron avanzar en la competición copera y mantuvieron la categoría con una cierta solvencia. Al acabar de entrenar, iba a recoger a su novia —ahora prometida— al campus universitario. Les encantaba pasear por la ribera, sentarse en las terrazas del Pilar y recibir en su pisito de alquiler a sus amigos de siempre.

En la actualidad, el hombre solo piensa lo justo en el futuro. Disfruta con su profesión, se encuentra bien en casa y es feliz con su pareja. A mediados del próximo verano se casarán en la parroquia de Altabás, celebrarán el banquete en el Gayarre y buscarán una vivienda mayor por si se deciden a ampliar la familia.

Le encantaría seguir jugando en su ciudad, con el Ebro, al lado de los suyos.

Algunos periodistas aseguran que los ojeadores del Real Zaragoza han empezado a seguirlo.

Él prefiere no hacer caso a los cantos de sirena: tiene los pies en el suelo y ahora solo aspira a disfrutar del día a día.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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