El fichaje

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La presentación del nuevo estilete reunió en la sala de prensa a los periodistas habituales. No es que se tratara de un fichaje muy mediático, el club no podía permitírselo; pero el delantero bonaerense llegaba avalado por una meteórica trayectoria que le había permitido recorrer varios clubes argentinos, mexicanos, e incluso uno brasileño, en muy pocos años. Era un tipo de expresión idefinible, que miraba de soslayo, quizás por timidez, y sonreía de una manera enigmática.

—¿Te marcas alguna cifra de goles para esta temporada?

—Solo quiero crecer como futbolista y ayudar al equipo en el ascenso.

—¿Cómo defines tu juego? —intervino otro informador.

—Soy rápido. Listo. Intuitivo. Un hombre de área que sabe encontrar los espacios y hacer goles.

—¿Por qué te llaman «Caco»?

—No sé, me lo pusieron en el barrio, de pequeño —respondió con inseguridad justo antes de que el director deportivo diera por cerrada la plantilla hasta el mercado de invierno.

El ariete se puso pronto en forma y debutó en la tercera jornada. Creó peligro y dio una asistencia de gol. La afición se sintió satisfecha con su juego. Lo aplaudieron. Su debut auguró buenas tardes de fútbol.

Lo inexplicable comenzó dos semanas después. Al principio fueron cosas nimias, que los afectados achacaron a despistes. Tinín, el utillero, era un hombre recio y sonriente. Cuando perdió su reloj durante los preparativos del entrenamiento matinal, pensó que se le había roto el cierre y lo estuvo buscando cerca de una hora por la ciudad deportiva: en el vestuario, el almacén, los campos y las gradas. No logró encontrarlo. Lamentó la pérdida por su valor sentimental, ya que se trataba de un regalo de su ahijado.

La victoria dominical con gol in extremis de «Caco» Rebolledo, quien se adelantó a todos en un saque de esquina, devolvió a Tinín el ánimo: el lunes acudió al trabajo con una sonrisa contagiosa.

El delantero argentino comenzaba a abrirse al grupo. Su carácter no era demasiado extrovertido, pero respondía con agilidad mental a las provocaciones de sus compañeros, se interesaba por la ciudad y lo daba absolutamente todo durante los entrenamientos, antes y después de los cuales solía quedarse solo un rato, rezando, concentrado, con la cabeza entre las manos y el gesto serio, como ausente, mientras susurraba el Padrenuestro.

Nadie pensó mal cuando se extravió una insignia de oro del club en las oficinas del equipo. El director de marketing la guardaba en su despacho, a la espera de entregársela a un exdelegado en el siguiente partido. El caso es que desapareció, con su estuche incluido, la tarde en la que varios jugadores acudieron a las oficinas para negociar las primas y resolver otros asuntos personales. Al final hubo que encargar una nueva insignia, por lo que la capacidad del joven directivo quedó en entredicho.

A veces se extraviaban también enseres cotidianos: frascos de linimento, vendas, espinilleras e incluso un par de botas nuevas que un representante de cierta firma deportiva había entregado a un jugador para que las probara. Siempre era lo mismo: desaparecían del vestuario de manera inexplicable y ya nunca se encontraban.

La temporada, por otra parte, siguió su curso. Las victorias se fueron sucediendo, a menudo gracias a los goles del artillero argentino. El equipo iba segundo, a solo un punto del líder.

Pero la situación se convirtió en insostenible cuando desaparecieron del vestuario las carteras de un par de jugadores: el central suplente y uno de los medias puntas. Fue este último quien se dio cuenta antes de marcharse, al comprobar en el bolsillo interior de su bolsa que no estaba:

—¡Qué coño pasa aquí! —gritó enfadado—. ¡Quién me está tomando el pelo! ¡Quiero que aparezca ahora mismo mi cartera!

Como algunos compañeros ya se habían ido, entre ellos Rebolledo, el asunto no quedó resuelto. A la mañana siguiente el míster organizó una incómoda reunión a puerta cerrada, en las que apenas consiguió mantener el orden. Las amenazas, los reproches, las miradas desconfiadas y las sospechas intoxicaron el ambiente. Nadie llevaba cosas de valor a los entrenamientos, todos cerraban con candados sus taquillas y las bromas dejaron paso a la incomodidad y el disgusto.

Sucedió, además, que el equipo perdió dos partidos consecutivos y los nervios aumentaron. Un malentendido a la salida de un entrenamiento enfrentó al media punta con uno de los laterales. Solo la intervención del entrenador evitó que llegaran a las manos. Durante un par de semanas después nada se extravió, excepto algún que otro balón. Y continuaron los malos resultados hasta que un gol de Rebolledo en lanzamiento de falta aseguró los tres puntos que el míster precisaba para no ser cuestionado.

*     *     *

Los preparativos se llevaron en secreto. Diseñaron la estrategia el entrenador, el capitán más veterano y el jefe de marketing, un apasionado del género negro y los productos para espías.

El capitán apareció aquella mañana con un cordón de oro muy goloso del que colgaba un Cristo sufriente de no pocos quilates.

—Es un regalo de mi chica —afirmó con intención, antes de pasarlo a los que se interesaron por él. Después lo introdujo en su bolsa deportiva y esta en la taquilla, la cual dejó abierta a propósito.

Encontró la joya en su sitio al acabar el entreno. Y, así, durante tres sesiones.

A la cuarta, mientras se estaba duchando, oyó el timbrazo inequívoco procedente del estuche. La alarma introducida en él había saltado al alejarse del sensor lo suficiente. Todos sintieron el sonido saliendo de la bolsa del ariete Rebolledo. No hizo falta cachearlo. Se confesó cleptómano y pidió perdón sentidamente. Poco a poco, devolvió todo lo robado.

Al finalizar la temporada, con el soñado ascenso conseguido gracias a un gol de Rebolledo, los aficionados no entendieron por qué el club no ejercía su opción de compra sobre el ariete argentino. El director deportivo no dio explicaciones.

Los compañeros de «Caco» Rebolledo nunca lo olvidaron.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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