En crisis

vision


Nunca hasta esa mañana había sentido con tanta brutalidad el paso de los años. Observó frente al espejo el rostro que no reconocía: el cabello enmarañado poblado de canas recias como alambres; las despeinadas cejas de mandamás soviético, las irrecuperables ojeras, la piel de pasa y todas las imperfecciones amplificadas por el transcurso del tiempo.

—Jodida vida —balbució pastosamente con ese desapego cínico del deterioro, mientras pinzaba con sus dedos índice y pulgar la grasa acumulada sobre la cintura, junto al barrigón, que convertía la camiseta Ocean de tirantes en saco de morcillas.

Se afeitó con dejadez, presionando hasta la irritación la maquinilla eléctrica y haciendo aparecer, en las zonas más sensibles, enrojecidos corronchos. Se aplicó una vaporada de desodorante AXE, efecto hombre en los sobacos y, como en los anuncios de televisión, llegó la hembra, su mujer, en bata descuidada y con legañas.

—Desayuna fuera, que ya no queda leche —le anunció abriéndose camino hasta el espejo.

—Jodida leche —pensó, avinagrado.

—Y ven pronto esta tarde —añadió ella—, que iremos a la residencia.

—Jodida suegra —terminó de cabrearse—. Toda la vida amargándome la vida y también ahora, que está chocha en el asilo, tiene que robarme tiempo.

Lamentó que ni siquiera su mujer, tras treinta años casados, lo hubiera recordado. Ni siquiera le había dirigido un felicidades desvaído o un amago de estirarle las orejas.

El cincuentón novato pilló el atasco de rigor en la autovía, camino de la empresa. Allí, al menos, los problemas rutinarios le hacían olvidar el hastío emocional que lo achantaba.

Por la tarde, después del último conflicto con sus empleados, se largó dando un portazo, volvió a subirse al coche y condujo hacia su casa; al menos, a esas horas más tempranas, la circulación era fluida. Entonces vio aquel club iluminado. Pensó en toda su vida. En su suegra. Y en la residencia.

—Jodido aniversario… Total, si todos vamos a acabar en un asilo —miró por el retrovisor y no vio a nadie; piso el freno con riesgo, derrapó girando ciento ochenta grados y condujo en dirección contraria hasta el lupanar—. Un día es un día, ¡hoy me voy de juerga!

En su casa, mientras tanto, su mujer comenzaba a impacientarse en compañía de los familiares, amigos y allegados que aguardaban su presencia, con todo preparado para comenzar la fiesta sorpresa de 50 cumpleaños que les había llevado tanto tiempo organizar.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Abril 2009]

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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