Árabes y soldados

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HUSSEIM HALED no estaba acostumbrado a lanzar piedras. Su padre y sus tíos sí habían participado con orgullo, indignación y rabia en la Intifada, pero el desgaste y la necesidad de poder vivir en paz habían amansado en cada vez más palestinos las ansias de cambiar el mundo y preferían dedicarse ahora a mejorar, si acaso un poco, su existencia. El chico había comido en casa una ensalada con menta y cordero sobre lecho de arroz, carne y verduras —el plato típico al que llaman al uzi—; andaba la familia de celebración porque el hermano mayor había conseguido, al fin, un buen trabajo. Salió Husseim a la calle a jugar con sus amigos. Tenía 11 años y un futuro poblado de ilusiones. Jugaron al fútbol ante una portería improvisada entre las casas, sin importarles quién iba calzado y quién no al meter el pie, acostumbrados como estaban a la pobre realidad que compartían.

—Acompáñame, Husseim. Mi abuelo me ha dado dinero y quiero ir de compras —le dijo Ismail, su amigo, al terminar el partido. Marcharon sonrientes hasta la tienda donde el niño se compró un pañuelo verde, color este del Islam y de Hamás, y un fusil de plástico—. ¡Voy a combatir al demonio sionista! ¡¡¡Moriré por mi país si es necesario!!! —bromeó envolviendo su cabeza en el pañuelo igual que un terrorista y disparando hacia el otro antes de salir corriendo, parapetándose en los muros como si fuera un verdadero miliciano. Aunque a Husseim le gustaba más el balompié, decidió salir tras él en una divertida, y teatral, persecución. No era la primera vez que jugaban a árabes y soldados. Bang, bang, decía uno. Ratata tatá, le replicaba el otro.

Fantasearon tanto que se alejaron demasiado del recorrido seguro. Estaban en Jenin, el campo de refugiados parcialmente arrasado en 2002 por las tropas sionistas. Tuvieron la desgracia de que un comando israelí acababa de entrar en la zona para capturar a un terrorista. Algunos milicianos palestinos, en cuanto se enteraron de ello, se apostaron armados en las casas. De pronto, varios jeeps y un carro blindado aparecieron en la calle frente al niño. Los soldados acababan de ser tiroteados y estaban muy nerviosos. El miedo a morir los dominaba. Entonces vieron a Husseim haciendo el gesto de ametrallamiento junto a una bocacalle. Instintivamente alzaron sus armas de combate y apuntaron al chiquillo, quien permaneció, paralizado, con la sonrisa convertida en mueca de terror. Pensó que iba a morir. Sonó un disparo en la distancia, y le sorprendió comprobar cuánto tardaba la bala en alcanzarle.

—¡Es solo un niño! —voceó a tiempo un oficial experto, evitando que los otros apretaran el gatillo.

Husseim reaccionó por fin. Pálido como una aparición, se escabulló junto a su amigo y rompió a llorar, desconsolado.

—Cámbialo por un balón —le sugirió al fin, señalando su fusil, cuando cesó la llantina y los disparos dejaron de escucharse.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Marzo 2010

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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