Tiempo muerto

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El rayo de luz que se filtraba por la rendija de su persiana le devolvió a la vida. Zaino, atolondrado y deprimido, se volvió sobre sí mismo y buscó la penumbra en el lado contrario de la cama. Se sentía destemplado, aunque el mes estaba siendo mucho más caluroso que nunca. Se incorporó por fin, alicaído, cuando las sábanas se le acartonaron tanto bajo el sudor de su cuerpo que comenzaron a parecerle planchas de metal. Aplazó la ducha, no le apetecía refrescarse. Como un zombi mental se arrastró hasta la cocina, trasteó entre los cacharros, localizó su taza favorita, decorada con el león rampante, y la llenó con ese café negro, espeso y poderoso cuya ingesta solía devolverle a la consciencia.

—Siete minutos, ¡cago en laba! —recordó de nuevo el origen de su malestar.

Tras apurar el líquido caliente, se sirvió una segunda taza y dejó que el hervor que transmitía le abrasara el paladar.

Por la tarde no fue a trabajar. Descolgó el teléfono, llamó a la empresa e inventó una gripe febril para justificar su ausencia. Vagó por el salón como un oso enjaulado, hasta que se calmó viendo su álbum de recortes: coleccionaba entradas, fotografías y artículos históricos de su Real Zaragoza. Solía escoger, casi siempre, los grandes titulares de las mayores gestas de su equipo: finales, fichajes ilustres, goleadas, celebraciones… y los pegaba en un gran bloc de anillas con dedicación y paciencia. Últimamente, sin embargo, su colección se había estancado: tan solo la noticia, extraida del Heraldo de Aragón, correspondiente a la cesión de las acciones del Club a la Fundación 2032 había merecido un hueco en sus recuerdos durante los últimos años. Le faltaba, sin embargo, el recorte del ascenso. La derrota de ayer en Las Palmas, por dos goles a cero, lo había sumido en un estado de angustia y desencanto del que creía que nunca iba a salir.

—La próxima temporada no me abonaré. ¡Ya vale de sufrir! No puede ser, no voy a soportar otro año en Segunda.

Las dos semanas siguientes fueron duras. Se encerró en sus recuerdos, en el silencio, en el visionado reiterado de la final de la Recopa. Y en la rutina que, siempre previsible y manejable, comenzó a llenarle de presente. Llegaron enseguida la campaña de abonados, los primeros fichajes y, poco a poco, las novedades sembraron en su ser la semilla de la excitación. Con el inicio de la pretemporada, su espíritu alicaído comenzó a reconfortarse, y antes de marcharse de vacaciones a la playa —como siempre a La Pineda—, ya había cambiado de opinión y tenía decidido renovar su carné otra temporada.

—La cagaron en el último partido, pero en realidad no lo hicieron mal del todo. Tuvimos muy pocos jugadores y dinero, y aún así estuvimos a cinco minutos de ascender. El zaragocismo se demuestra sobre el campo. ¡Tenemos que subir!

Aunque los primeros resultados de la pretemporada no resultaron esperanzadores, fue el primero en encender Aragón Televisión en las retransmisiones contra el Nástic, el Alcorcón y el Huesca. Y aunque sabía que apenas significaban nada, celebró los goles blanquillos con aspavientos de renacido entusiasmo.

A la vuelta de sus vacaciones ya estaba convencido de que, este año sí, su equipo iba a ascender. Las lecturas persistentes de las secciones deportivas del Heraldo y El Periódico de Aragón, así como el ojeo de la Liga Adelante en el Marca y el As digitales ocuparon sus sobremesas playeras cada día. En el Trofeo Carlos Lapetra ocupó su asiento con manifiesto optimismo, el cual creció de manera exponencial mientras el juego, y los goles del equipo, se fueron sucediendo.

—¡Qué equipazo tenemos! —decía en el descanso—. Ese delantero ratonero nuevo es muy listo, se va a hinchar a meter goles. El colombiano es rápido. Pedro y Jaime van a marcar diferencias, y el japonés pinta bien. ¡Este año subimos!

Así que se apuntó al viaje a Miranda organizado por la Federación de Peñas. En Anduva participó animoso en los cánticos visitantes, e hizo ondear la bufanda blanquiazul mientras lucía, con orgullo, su camiseta nueva de la temporada. Se sintió confiado durante el primer tiempo, aunque lamentó no haber tenido más acierto para encauzar el partido. Pero no cejó en su empeño. Tras el bocadillo del descanso, un ritual al que nunca renunciaba, saltó de su localidad con el testarazo de Cabrera y afianzó su sueño de un Real nuevamente de primera en unos cuantos meses. Después, tras las indecisiones de nuestros delanteros, llegó el sufrimiento en los minutos finales. De nuevo el chasco, las lamentaciones… y «el menos mal, que acabe ya» hasta el pitido arbitral. Con el término del partido, volvió al autobús junto a sus paisanos rumiando el desencanto. Se quedó dormido y despertó cuando el vehículo enfilaba su última parada.

—Un punto es un punto —se convenció tras entornar los ojos—. Miranda siempre ha sido una salida complicada.

El león seguía vivo. Y, con él, la ilusión del zaragocismo.

Raúl Tramaño tiene claro que queda mucho recorrido por delante, que no hay nada sencillo, pero no piensa en los sinsabores y el optimismo le anima cada día a levantarse pronto, acudir a trabajar y prepararse para el partido de su equipo del próximo fin de semana.

Él es zaragocista.

Y cuando el corazón blanquillo late fuerte, se siente más vivo que nunca.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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