El cazador de defectos

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Todo, absolutamente todo en la vida de aquel hombre era de un mediocre gris cenizo. En especial su rostro, avejentado y tiznado de penumbra por la soledad y el hastío. Vivía solo en una casa aún más descuidada que su aspecto, lóbrego y oscuro, poseída por un permanente hedor a descomposición, refritos y colonización de ácaros. Tenía dedos culebreros: largos, convexos y amarilleados por efecto de la nicotina, la enfermedad y la envidia; si bien eran sus ojos menudos, prensiles y ateridos, instalados en las profundidades de unas ojeras dobles de tonalidad terrosa, los que provocaban un desagradable escalofrío cuando te observaban.

El hombre siempre aspiró a ser artista. Fabulador. Literato. Ahora, arrinconado y amparado a un tiempo por la jubilación, planea y ejecuta su venganza cada tarde, después de las Noticias. Armado con un rotulador de trazo ancho rojo, coloca encima de la mesa las revistas, los folletos y la prensa gratuita de anteayer y examina minuciosamente todas las palabras. Desliza la punta colorada del rotulador por cada letra, con pulso tembloroso pero impenitente, certero y acusica, amplificando los gazapos, los errores y carencias que escritores menos duchos que él han incluido en los textos. Le encanta cazarlos. Sus garabatos acuchillan los impresos, encarcelan las imprecisiones y las faltas mientras aflora su orgullo entre las comisuras de una boca acartonada, con esa mueca aviesa a la que nadie, excepto él, llamaríamos sonrisa. Sigue el ritual con la elección de las víctimas y, de inmediato, la redacción de la arenga: «Distinguidos señores: Por la presente lamento notificarles mi extrañeza y profundísimo disgusto por sus reiteradas manifestaciones de maltrato e ignorancia de nuestro idioma español…». Y se explaya enumerando las torpezas editadas, sazonadas con argumentaciones fatuas y desproporcionados lamentos.

Así pasa la tarde el vejestorio. Después caligrafía la dirección y el remite en cada sobre, con una letra espléndida y picuda; chupa los franqueos y los adhiere bien fuerte, no vayan a soltarse. Baja hasta el buzón, echa sus misivas y regresa a casa con sensación de erudito, preciso y competente.

Solo lamenta no poder estar delante cuando son leídas. Recibir personalmente las gratificaciones, los elogios. Por algo es el garante del idioma. El más digno descendiente de Cervantes.

Aunque nadie le haya querido publicar jamás ninguno de sus textos.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Marzo 2009]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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2 respuestas a El cazador de defectos

  1. Este relato es genial, me ha encantado! Conozco a alguien que como el personaje, se dedica a coleccionar recortes de cualquier folleto o periódico y cuando encuentra un error envía una carta para señalarlo.

  2. Yo también he tenido alguna experiencia con gente parecida.

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