El idioma compartido

Irlanda

LA VIDA sosegada y el equilibrio emocional de Ailish Clarke se resquebrajaron de un modo inconcebible. Ya había pasado para ella el tiempo de los sacrificios y la entrega familiar: sus hijos habían crecido, eran casi independientes, y su marido continuaba esclavizado por una carrera de éxito no tan distinta a la que ella había abandonado por amor, para cuidar de todos y facilitar el impulso profesional del amado. Él viajaba siempre. Ella permanecía demasiado tiempo en casa, derrengada entre sus bien decoradas paredes, aislada y aburrida, cuidando reiteradamente del jardín y del perrillo. Su existencia era monótona, tanto que prefería no tener criada para poder hacer cosas, aunque el prestigio laboral de su marido la obligaba, de algún modo, a hacer uso del servicio.

Pero tras el alicaído, servicial y sonriente rostro de aquella irlandesa de ojos verdes, latía todavía la pasión de seguir viva. Necesitaba aferrarse a una ilusión, llenar los huecos que el aburrimiento abría en su persona, emprender proyectos para crecer con ellos. Por eso entró Gilles en su hogar, pese a que su esposo se mostró reacio a la acogida de ese estudiante francés y, sus hijos, indolentes.

El parisino llegó cansado, tímido, inseguro con su nada fluido inglés prefabricado, su joven equipaje y esos ojos francos que le recordaron a los suyos en el pasado lejano, rebosantes de expectación hasta que la realidad apagó su brillo.

La casa familiar se abrió para Gilles, pero lo cierto es que solo ella estaba cada tarde para recibirlo, cuando volvía del centro de idiomas y necesitaba practicar la teoría aprendida. No era un joven especialmente atractivo, pero su timidez, las circunstancias y el contacto continuado alentaron el destino. La acompañaba a comprar, la ayudaba en la cocina, le hacía compañía y, de vez en cuando, compartían alguna Guinnes fresca con tanta naturalidad que en ningún caso Ailish Clarke anticipó jamás lo que aguardaba.

Sucedió un martes extraño. La tele retransmitía un mal partido de fútbol gaélico, las tareas del hogar estaban hechas, los criados en sus casas, los hijos ilocalizables y el marido en Dubai, negociando unos contratos. Afuera hacia viento y la humedad destemplaba. Adentro, inesperadamente, la confianza se tornó en locura: los labios del chaval buscaron su respuesta y la encontraron. Perdieron la cabeza, con la ropa, en el salón.

Fue un encuentro intenso, tierno, delirante.

Después ya no consiguió mirarlo como antes.

Le pidió que se marchara… y regresó a la controlada monotonía precedente.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Febrero 2010

 

 

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Otros relatos y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s