Él y ella

rücken an rücken

La esfera del reloj marca las cinco menos cuarto. Los decibelios aporrean sus malheridos tímpanos al son del maquineo. Le apetece mirarla, pero sus retinas, como todo su cuerpo, se mueven descontroladas al compás de la música. Ella mastica chicle con sabor a paladar, y se bambolea sobre un par de botas acharoladas que chapotean en el suelo ennegrecido por las pisadas. Menea la cabeza afirmativamente, pero no afirma nada: es solo un baile.

En otro lugar, no a mucha distancia, las manecillas del reloj señalan también las cinco menos cuarto. Una suave brisa, el trino de los pájaros y las voces de juegos infantiles acunan sus oídos. El chico la mira interesado, el cuerpo inconscientemente inclinado hacia la chica y una sonrisa permanente entre sus labios. Uno frente al otro, cómodamente instalados, dialogan animadamente mientras una fuente de agua cristalina refresca el ambiente.

En la noche, la muchacha que mastica chicle regresa con un nuevo licor de mora. Él, con los ojos vidriosos, detiene el frenesí corporal y acerca sus labios hasta sus oídos: ¡Tajo guay!, ¡qué subidón! ¿Qué?, pregunta ella como por obligación. Pero ya no importa: ambos vuelven a danzar espasmódicamente, como la colada tendida al ser azotada por el cierzo.

En el parque, bajo el cálido abrazo solar, los paseantes apenas son capaces de interrumpir la conversación de la pareja. Se escuchan con dulzura; se esfuerzan por comprenderse mutuamente, por comunicar sus sentimientos.

Un mozalbete alocado, encorsetado dentro de una camiseta tan ajustada que apenas le permite respirar, tropieza por casualidad contra el muchacho bailongo. Su destilado se derrama como una catarata de banalidad, salpicando a su acompañante femenina. ¡Tío, ten cuidado! Pasa de mí, responde una voz salida de la masa. Entre el tumulto, el chico observa a la chica abriéndose paso en dirección al baño. ¡Te pido otro, no te preocupes! Y se acerca hasta la barra. Se ve obligado a repetir hasta tres veces su pedido antes de ser entendido por el camarero. Por tres veces, también, la pareja del parque se mira a los ojos en silencio. Sobran las palabras, se comprenden muy bien. Les preocupa el futuro. Saben que las cosas no serán sencillas, pero confían en sí mismos, en cambiar el mundo, en mejorarlo. Están comprometidos con sus ideales y saben que no se encuentran solos.

Al volver de los aseos, con el suéter todavía mojado y la mancha sin desaparecer, ella reclama su licor y continua bailando. Él le habla de un programa de la tele, y farfullan vocablos cotidianos a golpe de laringe. Al finalizar la noche, tumbados ya en sus respectivas camas, siguen percibiendo fantasmales reminiscencias del ruido ambiental que han dejado atrás. Mañana será otro día. Han vuelto a quedar a las cinco menos cuarto, en el parque, como todos los fines de semana. Allí podrán charlar, con el surtidor a sus espaldas dándoles respaldo, y se contarán sus cosas. Sin empujones ni barullos, sin barreras…

Como a ellos les gusta.

 

*   *   *

Escribí y publiqué este artículo —que he actualizado mínimamente— en el periódico Noticias Jóvenes, cuando tenía poco más de veinte años.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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