Humos familiares

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ERA UN TIPO brusco. Vitali Goronzov abusaba del vodka y los habanos, dirigía bromas ofensivas a sus inferiores y agasajaba de forma impertinente a los very important people, a los que frecuentaba con el sempiterno interés de sacar algún tipo de tajada. Exmilitar, excomunista, experestroiko y sibilino, previó la llegada del capitalismo y supo situarse en la línea de salida del régimen soviético, acuñando influencias y favores con la misma profusión que cargamentos de armas y divisas negras. Es un ser avieso. Una encarnación del mal contemporánea que intrigaba en la sombra y pergeñaba en la noche. Pese a su brusquedad, era, eso sí, un hombre preparado, políglota, astuto y desenvuelto, un zorro de la manipulación y del soborno que sobrevivía siempre, sin importar en qué guerra ni al frente de qué escuadra.

Vitali Goronzov, además de mujeriego, era un padre de familia inquebrantable, autoritario, rotundo y exigente. Estaba poco en casa pero, al contrario de lo que su actividad profesional determinaba —quizá, incluso, por ello—, era especialmente protector con la menor de sus hijos, la única mujer, una lolita exuberante de diecisiete años con larguísimas piernas, pechos oscilantes y labios retocados que besaban más que hablaban, con frecuencia a los propios guardaespaldas de su padre, cuyas vidas arriesgaban por su voluntad, inconscientes y ciegos de pasión en el origen, extorsionados por aquel diablo pelirrojo al descubrir cómo era. Así, jugaba a ser la niña de los ojos de su padre —ocultos permanentemente tras las gafas negras del misterio—, mostrándose obediente, dispuesta y displicente con papá, mientras a su espalda serpenteaba entre la seducción, el chantaje y el capricho, logrando en cualquier caso su objetivo. Sin importarle el precio ni los daños colaterales infringidos.

Aquel atardecer, Vitali Goronzov salió de casa satisfecho. Se despidió de su mujer con un cachete de manos gruesas y groseras en las nalgas, soltó una vaporada de humo denso antes de entrar en el vehículo blindado y esbozó una sonrisa oblicua de cerdo confiado.

—Está todo dispuesto —le informó Sergei Iurenko, su colaborador de confianza—: las mujeres han salido ya hacia su destino. Nos reportarán jugosos beneficios.

Vitali disfrutó el sabor acre del humo. Admiró la sobria paz de Minsk, grisácea, mientras la estela de los bloques de los grandes edificios, inertes y solemnes con su apariencia soviética, le acompañaban en ese recorrido oscuro hacia la noche siniestra de los negocios más turbios.

—Este país será grande algún día —sentenció pese a las hebras de tabaco entre sus labios—. Mientras tanto, saquémosle tajada —y rió con una carcajada tosca de dientes amarillos.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Enero 2010

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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