Herederos del vacío

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«HSIAO MIEH», en chino, significa eliminado. Este mensaje, que notifica la ejecución de un condenado, es lo que le queda a Li Sai de su mamá: un certificado de muerte que no puede leer, porque no sabe. La echa de menos cada noche en ese orfanato al que ha tenido la gran suerte de llegar. Así, moja el camastro cada madrugada, quizá porque recuerda las palizas que su padre le pegaba a esa mujer que tanto extraña, la que le daba los besos y le enseñaba a preparar guisos con barro para su muñeca.

Ahora, con el rostro sucio y piojos en la cabeza, no consigue apartar de su memoria el llanto desesperado de su madre la última tarde que la vio, arrastrada por esos horribles policías, tan parecidos y distintos a la vez a los que la llevaron a ella al orfanato. A veces, cuando la dejan jugar con las pinturas y hace emplastes de comida falsa, recupera la sonrisa imaginando que su madre está con ella. Mamá mató a papá porque era malo: la apaleaba cada día, pero eso no es un eximente en China. Fue eliminada con un cóctel de tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio en una de esas furgonetas blancas y azules de la policía, conocidas como los furgones de la muerte, que recorren el país aplicando quién sabe qué clase de justicia. Según las malas lenguas, su razón de ser es recoger con mayor facilidad los órganos de los ajusticiados para traficar con ellos y obtener pingües beneficios que se reparten los médicos, los hospitales y los funcionarios de seguridad involucrados.

Aunque no entiende por qué, Li Sai sabe que no volverá a verla.

Por eso mira alrededor con los ojitos entornados, el gesto adusto y la sonrisa más tibia que nunca. Li Sai —que habría sido una pequeña muy risueña en otras circunstancias—, ajena a los niños que se balancean sobre la estructura metálica del patio, observa el cielo asiático, brumoso, que se cierne sobre ellos y comparte las miradas tristes, oblicuas, de los otros herederos del vacío. En la mayoría de los casos, sus padres también han sido ajusticiados; los menos, sin embargo, se aferran todavía a la esperanza de un perdón final que no llegará nunca. Se tienen los unos a los otros para hacerse fuertes antes de abandonar el centro y enfrentarse a la marginación y el desprecio provocado por el crimen que, si bien algunos de sus progenitores tal vez cometieron, ellos, desde luego, no lo hicieron.

Li Sai, entonces, vierte un poco de agua sucia sobre la tierra del patio y remueve con sus dedos para formar figuras: ‘Hoy vas a comer arroz con pollo’, le dice a la amiga imaginaria con su vocecita débil y afectada, mientras coloca la mezcla encima de una piedra para poder servírsela.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Diciembre 2009

 
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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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