Metamorfosis

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Como en el libro de Kafka, mi hija se ha convertido en un escarabajo extraño, esquivo y repulsivo. Pasa las horas dentro del agujero que es su habitación, acunada entre sonidos lerdos y risas paranoides, y yo me la imagino boca abajo, colgada del techo como el insecto inquietante que parece.

Desde hace un par de años es poco más que una sombra incómoda, pálida, callada en agonía, que transita su existencia tintada en color negro, los ojos perfilados con pintes estrambóticos, envuelta en piel de gasa contracultural, vaporosa y llamativa como esos otros bichos solitarios con los que se junta. El cabello alto, cardado y ostentoso tal que la novia de Frankenstein; las uñas largas, negras como cucarachas; la expresión retraída, carente de vitalidad bajo la máscara blanca del nunca peor llamado colorete. Mi chica pasa la vida en blanco y negro, creyéndose la víctima de una película antigua de terror, leyendo a Baudelaire y Lovecraft hasta la madrugada, soñando con Bela Lugosi y escuchando canciones deprimentes de un modo onanista, colgada de los auriculares como si estos formaran parte inseparable ya de sus orejas. Era muy guapa. Ahora la miran por la calle con temor, con burla o con rechazo, no sé qué es peor, y ella mantiene esa mirada lánguida de zombi incomprendido mientras el tintineo de los cachivaches plateados que cuelgan de su cuello, cruces y adornos sobre el amor y la muerte, delatan su ambición de ser mirada. Es una dama gótica. Absurda, introspectiva, marginada.

Apenas nos hablamos. La dejo destrozar su vida libremente, hacerse insecto y transitar día tras día esa biografía póstuma que tanto la complace. «Es una rebelde, déjala crecer», afirma mi marido. A él le resulta fácil no hacer nada: se marchó de casa hace cinco años para amancebarse con una jovencita; ahora nos pasa una pensión misérrima porque trabaja poco, prefiere recuperar el tiempo que afirma haber perdido cepillándose a la cría, vergüenza debería darle estar con ella en vez de con su hija. Y mientras tanto, yo, hago turno doble en la administración para no encontrarme cada tarde el alma en pena en el pasillo, el dolor cardado de la sangre de mi sangre, su angustia enmascarada bajo el monstruoso mamarracho. A veces, por la noche, cuando me desvelo oyendo ruidos inquietantes en la habitación de mi pequeña, pienso si no será ella la lúcida y yo la equivocada por continuar pintándome los labios de carmín y las mejillas rosas todas las mañanas.

Quizás, después de todo, volverse cucaracha no sea tan malo.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Enero 2009]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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