Piedras en el corazón

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PARISA HAJIZADEH no siente las piernas, los brazos ni su cuerpo. Solo experimenta un pánico feroz mientras la angustia y el anhelo se imponen en la espera: quiere que todo acabe pronto, pero teme el dolor hasta la muerte que la aguarda. Entretanto, es incapaz de enfocar las retinas incendiadas por el odio, la inquina y el desprecio de cuantos la rodean. Ansían castigarla. Destruirla. Ajusticiarla. Nadie ve en ella una mujer: es la encarnación del mal que, enajenados, pretenden anular lanzando insultos.

Unos minutos antes un camión había depositado en la explanada del cementerio iraní un gran montón de piedras del tamaño establecido por el código penal, «no tan grandes como para matar a la persona de uno o dos golpes, ni tan pequeñas para no poder considerarlas piedras». Parisa, confinada en un agujero de inmovilidad, enterrada hasta el pecho en ese suelo yermo en el que hallará la muerte, proclama, luchando con la histeria, su inocencia e implora una clemencia que nunca encontrará. Las manos ávidas aprietan con ansiedad los cantos que van a hacer volar en cuanto los miembros de la Guardia Revolucionaria den la orden. La víctima viste una tela blanca a la que llaman kafan, la cual le fue entregada tras el baño ceremonial común a esa condena. La mujer rumia su desgracia sin la mínima esperanza: en el improbable caso de sobrevivir a la inminente batería pétrea, la lluvia mortal comenzará de nuevo, pues su adulterio, fatídico tropiezo, ha sido probado por el testimonio de varios familiares resentidos.

Ella, naturalmente, amaba al hombre que le costará la vida. Era atractivo, amable… y parecía preocuparse, de verdad, por su existencia. Perdió la cabeza por su amor, por sus promesas, y ahora está a punto de perderlo todo, hasta la dignidad, pues su presencia de ánimo se ha derrumbado por completo y está gimiendo como un animalillo de quejidos lánguidos, guturales, inconexos, alentando el regocijo de la turba de verdugos amateur que empiezan a lanzar con furia los primeros proyectiles. Su amante, sin embargo, salvará la vida, porque ha sido indultado por la familia de la víctima tras pagarles una considerable cantidad como dinero de sangre. Él se lo podía permitir, no así Parisa Hajizadeh, que ha sido azotada previamente para completar tan ejemplar condena, y a la que una gruesa piedra, piadosa, acaba de robarle la consciencia ahorrándole postreros sufrimientos.

Al ver su cabeza ladeada, inerte como el tallo tronchado de una rosa, la marabunta se afana en arrojar todas las piedras a su alcance antes de que los guardias den por terminada la lapidación.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Enero 2010

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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Una respuesta a Piedras en el corazón

  1. Un relato muy duro y muy bien escrito. Ojalá estas escenas fuesen solo ficción…
    Un saludo.

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