Duelo en el palco

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A Dimas no se le daba mal el protocolo. Aquel no era su hábitat natural, él se sentía más a gusto en la grada, con los aficionados, donde siempre había estado desde que su padre lo llevó a La Romareda, por primera vez, con siete años. Había aprendido a comportarse: recibió con una sonrisa condescendiente al exótico presidente rival, un potentado kazajo con ascendientes sirios y eslovacos que había hecho fortuna en cientos de negocios antes de comprar su propio club de fútbol español y asegurar que iba a subirlo a Primera División en menos de dos años. Era un tío peculiar, aquel fulano. Vestía un traje amarillo limón, de confección exclusiva italiana, que no habría superado la crítica del bloguero de moda más fashion y atrevido. Lo había combinado con una camisa turquesa y una pajarita negra que le confería un innegable aspecto burlesco, absolutamente hortera, que nada tenía que ver con los parabienes y las atenciones que le dirigían sus acompañantes.
Llevaba dos escoltas grandes como armarios, serbobosnios ambos, cuyas miradas parecían advertir que matar no resultaba nuevo para ellos. Dimas le estrechó la mano, y logró ocultar su desagrado cuando sintió el apretón frío, inerte y blando que le devolvió. El recién llegado olía a una colonia intensa, empalagosa en el apéndice nasal como un polvorón con merengue en el velo del paladar. Se sentaron juntos, como correspondía a la costumbre y a la cortesía de anfitrión. Era un partido vital: el Zaragoza tenía la oportunidad de regresar a Primera, y aquel rival millonario era el último escollo para conseguirlo. La inversión desorbitada del magnate solo era comparable a su carácter volátil, narcisista, grandilocuente y excéntrico. Por primera vez acudía a un palco a ver jugar a sus pupilos, y precisamente aquí, con la promoción en juego. Hablaba un inglés con pronunciación entrecortada, gruesa, y sonreía permanentemente mientras contemplaba el topacio que lucía como anillo en el dedo corazón.

Dimas trató de ser amable: se interesó por su llegada a España, le preguntó por sus negocios, por sus aficiones, pero apenas recibió como respuestas monosílabos británicos.

El visitante dio primero. Una contra a la salida de un córner mal sacado permitió al extremo derecho rival culminar una jugada de combinación con un gol de bandera.

El kazajo se levantó de su butaca como un ultra, gritó y saltó con los brazos extendidos, en ademán simiesco, mientras sus escoltas barruntaban a izquierda y derecha con expresión ceñuda, buscando algún atisbo de peligro, en la distancia, para su protegido.

A Dimas se le solaparon la decepción y la molestia. Este gol encajado era un mazazo que inutilizaba el uno a uno conseguido en el partido de ida. Y los gestos improcedentes y excesivos del magnate, una provocación improcedente.

«Tontolaba», musitó para sus adentros tratando de concentrarse en el juego nuevamente, deseoso de que su equipo reaccionara cuanto antes. A su lado, el fornido millonario se carcajeaba, hablando con su director ejecutivo en el idioma materno. Se le veía confiado, seguro del ascenso.

Diez minutos después, el medio volante blanquillo enganchó un balón muerto en las proximidades del área y lo alojó en la escuadra. El zaragocismo estalló en júbilo: la eliminatoria estaba empatada. El presidente Dimas permaneció impasible, guardando las formas, sin exteriorizar su alegría.

En el descanso, el palco se vació y sus integrantes se repartieron entre el bar y los aseos. Dimas se alejó del kazajo, y se sintió liberado al no tener que soportar su mareante perfume.

El ariete zaragocista marcó el dos a uno nada más sacar de centro. Los más tardíos se perdieron el golazo, no así Dimas, que miró de soslayo hacia el millonario cuando lo sintió blasfemar en un idioma extraño.

Tampoco mantuvo las formas el asiático cuando el interior derecho brasileño que su director deportivo había fichado a golpe de talonario marcó de volea tras el saque de una falta, ascendiendo así, virtualmente, a su equipo. Quedaban seis minutos de partido más el añadido, y su celebración gutural se situó entre el alarido de Tarzán y las risas de su mona.

Dimas no soportaba a aquel tipo. Él era un hombre prudente, equilibrado, discreto; tenía formación y buena educación, pero también carácter y un intenso sentimiento zaragocista. El club que presidía no solo se jugaba ingresos millonarios en aquel envite: la misma supervivencia de su Real Zaragoza podía estar en juego.

Por eso, cuando el balón voló desde la banda hasta la cabeza del ariete, este cabeceó al palo contrario y Vallejo llegó tambaleante para empujar el cuero al fondo de las mallas, por primera vez en su vida Dimas perdió las formas en el palco y se levantó gritando ¡gooooooool!, emocionado.

No miró el rostro congestionado del kazajo. Podía imaginarlo.

A falta del descuento, el Zaragoza ascendía a la Primera. Se recompuso tras el brinco y recuperó la compostura. A él lo impulsaba el amor a unos colores; al otro, sus negocios.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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