El regreso

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Estaba destemplado. Llevaba dos noches sin dormir y no había conseguido olvidar el contexto en el que iba a celebrarse el próximo partido. Volvía a casa. Al estadio en el que había colaborado como recogepelotas, correteado en los descansos con sus compañeros de equipo y ascendido a Segunda B con el filial antes de cumplir su sueño y subir con los mayores. Esa era la grada en la que había hecho la ola, gritado, aplaudido, sufrido y festejado cada gol blanquillo.

Esa era la afición que le había aplaudido en su debut, la misma que le había silbado sin memoria cuando dejó de confiar en él y erró un control, un pase o un disparo a puerta. Seguía siendo un forofo de ese equipo. Uno más deseando el ascenso del club de sus amores, celebrando sus victorias y recordando desde la distancia los aniversarios y los parabienes del zaragocismo. No había conseguido abstraerse en toda la semana. Las llamadas telefónicas de los periodistas zaragozanos tampoco le habían ayudado a hacerlo. Pero no era solo el hecho externo, coyuntural, el que lo sacudía; era algo más íntimo, personal, intransferible, lo que le bullía en las entrañas.

Desde luego que le emocionaba regresar a Zaragoza, su ciudad, y reencontrarse con su gente. Que le encantaría reivindicarse con un magnífico encuentro ante su antigua afición. Que la gozaría alojando el balón un par de veces en aquellas porterías conocidas, y que deseaba enormemente poder celebrar en ese campo de sus sueños un gol victorioso de su equipo. Pero el contexto no era el apropiado. Su club actual no se jugaba nada, ya estaba salvado, y su Real Zaragoza se lo jugaba todo: entrar en promoción, salir de la Segunda, volver a lo más alto.

Habló con sus padres y su hermano por teléfono. La ambivalencia de los sentimientos adquirió la forma del sarcasmo: ninguno quería su perjuicio, pero tampoco el del zaragocismo. Solo su madre, tan pragmática como siempre, le animó a cumplir con su obligación jugando un gran partido.

—Y si además perdéis —apostilló su hermano—, todo redondo.

El entrenador lo notó esquivo, aplatanado y cansino durante toda la semana, menos comunicativo y explosivo de lo que era habitual en los entrenamientos. Era un hombre experimentado, observador, intuitivo, que masticaba las palabras con un deje uruguayo próximo a la hipnosis:

—¿Con ganas de revancha, chico? —le preguntó antes de preparar la lista de los convocados.

El futbolista estuvo a punto de sincerarse: «No, míster, no me apetece jugar este partido contra mi exequipo. No sé salir a perder, pero no puedo salir a ganar. Me estoy volviendo loco, por primera vez no seré feliz jugando al fútbol». Un jugador veterano, más curtido, no habría tenido el mínimo problema en inventar unas molestias musculares para no estar disponible. Aunque también es verdad que un futbolista así no experimentaría ese sentimiento paralizador, porque su corazón de mercenario le habría blindado la emotividad conforme se engordaba su cuenta corriente. El caso es que el joven jugador solo fue capaz de balbucir un «claro, míster» antes de acelerar hacia la ducha y sumergir sus emociones bajo el chorro de agua tibia. Tenía veintiún años y era su primera temporada lejos del hogar.

El día del desplazamiento subió en el autobús disimulando, dejando en manos de los hechos consumados el desenlace del problema. Durmió, se puso música, vio una película y habló con su compañero de asiento sobre chavalas y fútbol. Viajaron diecinueve convocados, uno más que de costumbre. En un momento dado pensó que tal vez fuera él, finalmente, el desconvocado. Por primera vez en su vida deseó que fuera así, pero rápidamente alejó aquella mala idea de su mente. Su principal objetivo era regresar algún día a su ciudad, volver al Zaragoza y consolidarse en su plantilla durante muchas temporadas. Asimismo le importaban el club que le pagaba, sus compañeros, la afición, el míster que estaba confiando en él y comportarse como un buen profesional.

Cerró los ojos y se quedó relajado hasta que el autobús se plantó en el cuarto cinturón, bordeando la ciudad del Ebro para enfilar hacia la plaza del Pilar.

Los ojos se le empañaron de recuerdos cuando entró en el vetusto estadio y se sentó por vez primera en el vestuario visitante. Saludó a algunos empleados, acarició las paredes y se animó de pronto, como si el espíritu de aquel campo le guiara en la dirección adecuada.

El entrenador lo alineó desde el principio. Completó un partido notable e incluso dio un pase de gol que un compañero no pudo aprovechar.

En el minuto setenta y tres fue sustituido. Pese a la tensión generada por el resultado, los aficionados lo despidieron con aplausos.

Se sentó en el banquillo. El marcador seguía empate a cero; el Real Zaragoza, de este modo, no entraba en promoción. Miró a su alrededor y sintió los vítores del graderío empujando a su equipo.

El delantero centro zaragocista anotó el gol decisivo en el último suspiro, en una jugada embarullada.

La Romareda estuvo a punto de venirse abajo.

En el banquillo rival, un prometedor futbolista apenas pudo contener la alegría que sentía.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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2 respuestas a El regreso

  1. Una pena que el resultado de hoy no haya imitado a este magnífico relato. En fin, a ver si en el 2017 jugamos en Primera. Saludos Míchel.

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