Gajes del oficio

herzschlag

Hoy es un día especial para el verdugo. (Y no solo porque Linda Mary, su hija menor, cumple cinco años.) El hombre apaga el despertador torciendo el gesto, remoloneando hasta que el café y los Donuts despiertan sus sentidos; en mañanas como esta, Lexter enfoca la atención hacia lo cotidiano intentando aislarse de la realidad.

Será a las seis.

Aunque ya lo hecho antes veinticuatro veces, para él cada una es siempre la primera. Quizá peor, porque la acumulación le mina las entrañas igual que el cloruro potásico a esos desgraciados. No se considera un asesino, es un profesional. Pero su conciencia no es tan comprensiva.

Hacia las cuatro de la tarde, Julius Lexter conocerá a la víctima, que unos instantes antes habrá presentido su llegada. Desde hace un par de años los llama por su nombre, antes solo los trataba de ‘individuos’. Esquivándole las miradas profundas de tristeza, dialogará con él entre cinco y diez minutos, preguntará por su estado e incluso se ofrecerá como intermediario para entregar a sus familiares alguna pertenencia. Todo estará listo, entonces, para el asesinato. A las seis de la tarde, puntualmente, recibirá la llamada de la oficina del gobernador y del abogado del Estado. La conversación será muy breve:

—Se le ejecuta.

Asentirá con gravedad, se despedirá con cortesía. En ese instante, Julius Lexter, el director de la penitenciaría Walls Unit de Hunstville, Texas, inspirará hondo frente al hombre inmovilizado en la camilla con correas, crucificado ante el destino como el Dios al que le reza. Se ajustará las gafas antes de dirigirle una mirada final de desconsuelo y pronunciará, rotundo, la sentencia:

—Apliquemos la inyección letal hasta que muera.

Entonces permanecerá a su lado, inmóvil, compungido, circunspecto, aguardando junto a él mientras el equipo médico acciona el sistema en la habitación contigua. Primero entrará en su sangre el barbitúrico que lo dejará inconsciente; después, el relajante muscular que impide respirar; por último, se desencadenará el paro cardíaco fatal. Apenas tres minutos en conjunto.

Cuando los gemidos guturales cesen y el estertor definitivo se apiade del ajusticiado, Julius Lexter mirará con alivio hacia otro lado, dará las instrucciones oportunas y volverá rápidamente a su despacho.

El cumpleaños de su hija le estará esperando en casa.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Diciembre 2008]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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