Nayim Cupido

Aragón deportivo 113

Mi modesta contribución al veinte aniversario de la Recopa zaragocista, la cual yo también viví en el Parque de los Príncipes. Lo que Nayim ha unido…

*    *     *

Adán era un chaval introvertido que siempre lo observaba todo con pupilas encendidas. Su afición por el silencio no significaba, más bien al contrario, que no tuviera muchas cosas que contar: su mundo interior era fecundo, creativo y altamente estimulante. Estaba en una nube.

Cansado del larguísimo viaje en autobús, con las piernas adormiladas y los riñones baqueteados, avanzaba por París con la expresión de alegría dibujada en el rostro, junto a las pinturas de guerra blanquiazules que reflejaban su pertenencia blanquilla. Él era uno más de los miles de aficionados zaragocistas que conquistaron París en aquella mítica final de la Recopa. Otro enamorado de ese Real Zaragoza de Aragón, Fernández, Esnaider, Poyet, Pardeza, Aguado y todos los demás. Un forofo incombustible que había animado hasta extenuarse en las semifinales contra el Chelsea y, antes, contra el Feyenoord y el resto de rivales. Ahora estaba allí, en la explanada de la Torre Eiffel, viviendo un sueño y entonando cánticos enfervorizados junto a sus acompañantes. Tenía veintitrés años y dos finales de Copa ganadas con su presencia en las gradas. Sus compañeros de la universidad, también zaragocistas, le pasaron una lata de cerveza y él la abrió sin poder dejar de mirar a los ingleses, vestidos de rojo, que cruzaban hacia ellos.

—¡Oh mama, mama, mama, sé por qué me late el corazón. He visto al Zaragoza, he visto al Zaragoza, oh, mamá, enamorado estoy!

Y repitió la canción hasta que la vio pasar a pocos metros, con su cuadrilla de amigos, la melena rubia recogida en una sugerente coleta y su camiseta del Real Zaragoza con el león rampante en oro sobre uno de los pechos.

—¿Está buena, eh? —se le acercó un colega, siempre al tanto de las tías aunque sin tener jamás el menor éxito con ellas—. Mientras me pintaba la cara con las ceras me ha puesto cachondo. Tiene unas manos tan suaves y una sonrisa tan bonita que he estado a punto de…

—No seas bruto. Es muy maja. Pero no hemos venido aquí a ligar, sino a animar a nuestro equipo
—le respondió Adán molesto, sobre todo porque era verdad que había visto en esa chica algo especial.

Se habían conocido en el autobús. Separados sus asientos por el pasillo, él había hablado con ella tres o cuatro veces: sobre la final, el equipazo que teníamos y la ilusión de estar allí. Después, cuando la joven pintó a sus amigos y se ofreció a hacerlo también a los demás, dibujando franjas, leyendas y balones con gran habilidad y mejor gusto, Adán fue el último que se sentó a su lado.

Le dibujó un escudo rojo con un león dorado muy vistoso. Y, en la otra mejilla, sobre fondo blanco, la zeta mayúscula del zaragocismo.

Apenas pudo mantenerle la mirada mientras se lo hacía. Su piel desprendía un efluvio dulzón, mezcla de aroma corporal y fresca colonia. Deseó que aquel momento no acabase nunca. Le dio las gracias cuando terminó y regresó a su asiento intercambiando con ella una de esas miradas envolventes que lo expresan todo, coronadas por las pupilas dilatadas y los iris encendidos.

Cuando llegaron a París se separaron, cada uno marchó con su grupo.

En ese momento fugaz junto a los Campos Elíseos en el que la vio de nuevo, Adán pensó que sería genial estar con ella, acompañarla en esos prolegómenos únicos y compartir la mutua pasión por la victoria.

Al entrar al Parque de los Príncipes ya no pensaba en ella. Estaba demasiado excitado, nervioso y concentrado en la victoria para ver más allá del césped.

El destino quiso que Vicky, la chica rubia del autobús, se sentara en el mismo anfiteatro que él, en un asiento contiguo en la fila posterior. Después de saludarse con un gesto de complicidad, se olvidaron mutuamente cuando el partido empezó. Se dejaron llevar por las emociones del choque, la ofensiva aragonesa y la incertidumbre del resultado.

Gritaron al unísono cuando Esnaider rompió las telarañas de la portería con un chut imparable. Se desesperaron por separado cuando nos marcaron el empate. Y se comieron las uñas, las ansias y hasta el alma sufriendo el desenlace, imaginando esa taquicardia de penaltis a la que parecíamos condenados.

Entonces, en el último suspiro, apareció Nayim. Lanzó su mágica parábola y marcó el mítico gol que valía un título. Tras la incertidumbre inicial, el balón se fue acercando a su objetivo, mientras Seaman reculaba, y la explosión de júbilo alcanzó su máxima expresión cuando el esférico se alojó en el fondo de las mallas.

Los aficionados españoles se abrazaron entre sí gozosos de alegría. Saltaban en las gradas, gritaban, reían, lloraban, se mesaban incrédulos los cabellos, se multiplicaban de uno a otro lado repartiendo abrazos y saludos indiscriminados.

En un momento dado, Adán se encontró pegado a Vicky, la maquilladora. Se abrazaron. Celebraron juntos el golazo.

Se miraron.

Se besaron.

Hoy están casados y tienen dos hijos con los que acuden a La Romareda los días de partido.

Lo que Nayim unió, no lo ha separado nadie.


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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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