El ermitaño

Japón

Os presento este relato de El Atrapamundos, fechado en septiembre de 2009 e inspirado en un tema que ya traté en mi novela Látex: los hikikomori japoneses.

*         *         *

ME ENCANTA matar gente. Destrozar pueblos. Atropellar ancianas. Destripar niños. Solo me falta valor, y munición, para coger un fusil y aniquilarlos a todos: mis padres, el director del instituto, los profesores, los no-amigos… Me han enseñado a luchar, a competir por liderar cada manada, a producir ratios positivos carentes de emotividad, a conseguir las mejores notas para enfocar mi futuro.

Yo necesito el presente.

Ellos detestan lo que hago, pero sus mensajes me indican el camino: ‘Debes ser el mejor’, ‘Solo los primeros son los triunfadores’, ‘No hay lugar para los débiles en esta sociedad’ en la que apenas compartimos la soledad, los convencionalismos y el vacío. Sé que mis padres están avergonzados: prefieren callar la realidad a hacerle frente. Por eso mi madre me deja la comida delante de la puerta cada noche; por eso recogen a los mensajeros los caprichos que compro en Internet con sus tarjetas de crédito y me los acercan hasta esa barrera de bambú que nos separa.

No necesito a nadie dentro de mi habitación. Yo soy el amo. Y estoy bien teniendo cuanto necesito: mi música, mi cine, los videojuegos, mi nick en Internet y mis amigos virtuales, refugiados en esas personalidades escogidas que podemos alterar con libertad, sin injerencias; no como esa otra que dicen que es auténtica, inamovible, aplastada por la presión social como un terrón de azúcar bajo la pata de un troll.

Me gusta estar así. Como un vampiro, duermo por el día y vago por la noche: hay muchos menos ruidos, la soledad se vuelve compañera, no rival, y me acaricia al ver una película o al chatear por medio mundo. Libero la tensión ante el ordenador, jugando a matar gente. Tengo comida, diversión, conocimientos; lo tengo todo sin presión ni responsabilidades. Mi padre ya no aporrea la puerta ordenándome que salga. Mi madre tampoco llora junto a ella suplicando la misma comprensión que no tiene conmigo. No sé cuánto tiempo durará mi encierro. Quizá no salga nunca. Quizá, de madrugada, tenga la necesidad un día de descorrer el cerrojo de mi habitación y salir fuera. Quién sabe si llegaré a estar de nuevo preparado.

Ahora soy feliz en este observatorio personal que es mi cuartito. Quiero disfrutar y conocerme. Poner orden al caos desde el desorden. Soy un hikikomori. No sé por qué demonios, a mis padres, les da tanta vergüenza.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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