La cuerda floja

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¡Por fin otra victoria! Ojalá sea el comienzo del arreón final hacia la Primera División. En esta ocasión, mi relato versó sobre las dificultades del puesto de entrenador.

*    *     *

No estaba a gusto en el equipo. La mayoría de sus jugadores no eran capaces de disimular su desencanto, cuando no su acritud, cada vez que él les dirigía la palabra. Pero era un profesional y estaba decidido a darlo todo, a romper la racha de resultados mediocres y a salir del atolladero laboral en el que andaba metido.

La directiva lo había ratificado en el cargo esa misma semana, lo cual evidenciaba que su cabeza rodaría, deportivamente hablando, si volvían a perder ese domingo. Él ya había superado situaciones semejantes, en las que todo el trabajo realizado, la proyección de una temporada, su caché y, en definitiva, su puesto de trabajo a corto plazo dependía exclusivamente de que la pelotita entrara entre los palos al menos una vez más que la del adversario.

Tenía experiencia suficiente para no manifestar su inquietud en los entrenamientos ni en la sala de prensa. La procesión iba por dentro. Y los tambores de guerra atronaban en el interior de su cabeza, y de su corazón, como salvas y cañonazos de ingrata despedida.

Conocía este deporte suficientemente bien para detectar en su vestuario un tipo de rechazo latente que estaba a punto de enquistarse. Nadie alzaba la voz públicamente, nadie protestaba ni confesaba en público su pérdida de confianza, ni sus faltas de respeto o sus desatenciones continuas, ni el desinterés ni la apatía, pero sobre el césped de la Ciudad Deportiva demasiados jugadores, algunos con gran influencia en el grupo, no echaban el resto.

—¿Qué pasa, míster? Buenos días —le saludó el segundo entrenador con esa expresión de resignación que también a él, la experiencia, le había dibujado en el rostro.

Reunió a su plantilla en el centro del campo, a la vista de todos los periodistas —que no a sus oídos—, para hacer notoria esa suerte de conjura colectiva imprescindible para ganar el domingo. No dudaba de la profesionalidad de sus pupilos, pero sabía a ciencia cierta que la mayoría ya no lo querían en el grupo, especialmente desde que había relegado al banquillo a dos de los capitanes del equipo por su cuestionable entrega.

—Esta institución, este club, esta ciudad, están por encima de nosotros —comenzó su arenga—. Somos unos privilegiados por defender estos colores y recibir su aliento. Somos un equipo. Un grupo humano capaz de sacar esto adelante con el compromiso de todos. Ha llegado el momento de dejar atrás lo individual y actuar como un bloque, sin aristas. Todos somos decisivos. El domingo lo vamos a dar todo en el campo y ganaremos ese —intercaló una palabra malsonante— partido. Si el lunes, después de haber cumplido con nuestra obligación ganando, ustedes quieren que me vaya, nadie tendrá que mostrarme la puerta. Cogeré mis cosas y lo haré. Pero ahora lo crucial es ganar ese partido. Exijo compromiso, decisión, convicción y rasmia para vencer. Tal vez algunos piensan que no soy el técnico apropiado. Que he tomado decisiones equivocadas. Que quizá otro entrenador podría sacarle más partido al grupo.

»Es posible. Todos somos hojas movidas por el viento, zarandeadas por las circunstancias. Pero nos respaldan veinte mil abonados cuya felicidad depende, en parte, de nosotros. Y toda una ciudad nos alienta y sufre por nosotros.

»Seamos honestos: démoslo todo, hasta las entrañas, en este encuentro. Ganemos ese —otra vez la palabrota— partido.

»Entrenemos hoy a muerte para triunfar el domingo.

Durante la sesión preparatoria, el entrenador presintió lo que le aguardaba. En su reunión posterior con la directiva, que escenificó su apoyo acudiendo a saludarlo nada más terminar el entrenamiento, ocultó su convicción y se comportó con la amabilidad debida.

El día del partido alineó a los que consideraba mejores, incluidos dos chavales del filial que se habían convertido para él, por su intensidad, en insustituibles. El artillero que portaba el brazalete hasta que él lo relegó al banquillo se sentó de nuevo al otro extremo del mismo, silencioso, mascando chicle sin azúcar con la mirada perdida. Como últimamente no entrenaba a tope, el míster consideraba preferible reservarlo para el segundo tiempo, cuando podía resultar más decisivo. Al nueve, con su experiencia, no le hacía gracia alguna.

El encuentro transcurrió entre bostezos y sesteo, solo interrumpidos ocasionalmente por la importancia de los puntos, que otorgaba emoción a cualquier acercamiento a las áreas, por lejano que este fuera. A falta de media hora el pichichi saltó al campo. Saludó al chico del filial al que reemplazó y trotó por el césped sin demasiado empaque. Con todo, sacó un buen remate de cabeza que el portero envío a córner y dio una asistencia que un compañero tiró fuera.

Faltando seis minutos el colegiado señaló el penalti. El artillero era un verdadero especialista. Tomó el balón a instancias de su entrenador, cruzó con él una mirada de insolencia, y caminó hasta el punto fatídico. Tiró fuerte, raso, ajustado. Tanto que el balón golpeó en el poste con potencia y fue recogido por el interior rival fuera del área, quien lanzó en profundidad hacia el extremo que, a la contra, se plantó en velocidad delante del portero local y lo batió por bajo.

Cero uno.

La grada se quedó callada. Boquiabierta. Obnubilada.

Ni siquiera pidieron la cabeza del entrenador al acabar.

—Lo siento, míster —se disculpó el ariete en el túnel de vestuarios.

El entrenador, que fue cesado dos días más tarde, todavía no ha conseguido descifrar aquella mirada de su delantero.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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