El silencio de mamá

sleeping beauty

El día que mamá dejó de hablar en casa, mi hermano y yo nos acabamos el bote de Nocilla untando con los dedos. Ella estaba sentada en el sofá, junto al teléfono, parecía una de esas figuras de cera del museo. Creímos que era un juego. Abrí la nevera para coger leche, pero se me escurrió la jarra y se estampó en el pavimento, llenándolo de charcos blancos y cristales. Aguardamos en silencio unos segundos. Como no pasaba nada, montamos una guerra de barcos de galleta sobre el mar de leche.

Después saltamos en las camas hasta que, harto de gritar y hacer el cafre, mi hermano se marchó al cuarto de estar y dijo a su regreso: “Está llorando”. Corrí tras él por el pasillo, la cara sofocada aún por el esfuerzo. No exageraba. Los ojos de mamá miraban la tele fijamente, algo doblemente extraño: primero porque nunca le quedaba tiempo para verla, acaso alguna noche cuando ponían zarzuela, que tanto le gustaba, y aun así siempre llegaba cuando ya estaba empezada; segundo, y sobre todo, porque no había encendido el aparato. Nos acercamos despacio, encogidos, deseando recibir la riña merecida, algún reproche al menos.

―Venid aquí, hijos míos ―nos dijo con voz trémula. Jamás olvidaré su abrazo. Pese a su miedo, a mí me transmitió seguridad. Permanecimos los tres juntos todo el tiempo, aguardando ella la llamada, sin saber nosotros qué esperaba, disfrutando únicamente aquel cálido momento de caricias suaves, deliciosas, sobre los cabellos.

La noche que mamá dejó de hablar en casa yo me quedé dormido en su regazo, mecido dulcemente por su respiración inquieta, oliendo aquel aroma inconfundible a madre mía, mezcla de cocina, colonia y compostura.

Al cabo, como en la distancia, oí el teléfono. Mamá estaba despierta, con él ya en una mano. Reaccionó gritando: ¡Papá ha llamado! ¡Papá ha llamado!

Me di la vuelta y continué soñando. Qué bien huele, pensé mientras lo hacía.

En nuestra primera cena juntos tras su vuelta a casa, mi padre nos contó que había estado a punto de morir en esa mina. Tras la explosión de grisú, buscó a ciegas la salida entre las rocas hasta que, de alguna forma, sintió un aire familiar y fue tras él, salvando así la vida.

―Olía a ti ―le dijo a nuestra madre en la cocina.

Y ella le dio un beso emocionada.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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