Diosa de Ipanema

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Un relato recuperado de la colección Enseres Personales, de El Atrapamundos. Publicado en agosto de 2009 e inspirado en las playas brasileñas.

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ERA UNA MUJER extremadamente hermosa. Una de esas piezas únicas de la creación procedente del selecto mestizaje genealógico sostenido en el tiempo. Tenía la silueta fabulosa de una diosa evanescente sobre las playas de Ipanema, donde se contoneaba ligera de pudores, segura de sí misma en ese cuerpo escultural a la intemperie, bronceado y sexual, apenas protegido por un tanga indecente y un sujetador minúsculo sobre sus pechos redondos. Tenía la boca carnosa y excitante de una femme fatale y la mirada viva, desafiante, remotamente altiva de las amazonas modernas.

No solo eso tenía. Portaba también ritmo, alegría, desparpajo, sensualidad y un aroma afrutado a piel tostada que arrebataba la consciencia en las distancias cortas. Tenía además dos clases de risas: una carcajada abierta, explosiva, de dientes blancos y perfectos y expresividad facial cercana y contagiosa; otra interesada y forzada, de boca sutilmente torcida y tenue parpadeo, como el de una mariposa juguetona. La primera la arrancaban naturalmente sus familiares y amigos; la otra aparecía ante el turismo, cuando aparentaba divertirse con el extranjero de turno y dejarse camelar al tiempo que le levantaba la cartera, el móvil, la cámara de fotos o el reloj junto al corazón y la autoestima, que solo suponían para ella daños colaterales del todo inevitables.

A veces les tarareaba sambas con letras sobre el suave clima y la sensualidad del litoral brasileño. Las menos, movía dulcemente las caderas en círculos concéntricos, excitándolos de tal manera que los foráneos deseaban entregarle todo por tenerla. Pero Naiany Guimaraes nunca se prostituía. Se entregaba únicamente por amor, cuando correspondía. No era un buscona: utilizaba sus encantos por instinto, igual que las palabras, para encandilarlos. Necesitaba el dinero, solo pretendía desplumarlos.

Y no se consideraba peor que esos capullos por hacerlo. A fin de cuentas, ellos le ofrecían todo por gozarla, se lo darían voluntariamente a cambio de su dignidad, pero ella prefería conservarla.

Por eso les robaba. Por cómo la miraban y le hablaban. Por los derechos que creían poseer sobre ella. Por ser tan despreciables.

Lo tenían merecido.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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