Ofensivo

Páginas de AD111-1

 

Vaya, otro tropiezo zaragocista. A ver si cambiamos de rumbo cuanto antes. En la revista del pasado sábado, se publicó mi relato Ofensivo. Espero que os guste.

*    *     *

Lo tenía todo. Todo lo que había soñado, por lo que había trabajado y luchado desde la niñez, lo que siempre había deseado. Pero no era suficiente. Dicen que la satisfacción depende por igual de la realidad y de las expectativas, pero en el caso de Bruno no eran ni una ni otras las que fallaban, solo su persona.

Desde pequeño había destacado con el balón en los pies: era rápido, instintivo y eficaz ante la portería contraria, tenía un soberbio sentido del gol que lo colocaba en el lugar preciso en cada jugada, ese al que llega el balón dentro del área para que solo haya que empujarlo al fondo de las mallas. Él era un killer, un especialista. Y aunque también es verdad que no era un crack mundial, sus goles resultaban valiosos para cualquier equipo de Segunda División y algunos de Primera, en donde había militado varias temporadas.

Estaba casado con una mujer guapa, atractiva, aunque poco preparada; su novia de toda la vida, del barrio, a la que siempre le habían quedado grandes las relaciones de alto standing, el trato con las esposas de sus compañeros, el contacto con los directivos, las entrevistas periodísticas, las concentraciones y todo lo que rodeaba a la profesión de su marido. También, desde luego, las millonadas que ganaba. Como mecanismo de defensa se había vuelto engreída, soberbia y muy altiva; necesitaba lucir enormes logotipos de marcas prohibitivas en sus camisetas y bolsos para sentirse segura. Tenían un hijo de siete años, el cual también había salido futbolero y prepotente, un perfecto cruce de su madre y de su padre que, desde luego, no tenía el carácter introvertido, callado y como ausente del delantero Bruno. En el vestuario pasaba desapercibido. No había mostrado nunca ningún rasgo de psicopatía, ni siquiera llamaba la atención por lo distinto. Llegaba, se cambiaba, hablaba poco, saltaba al campo, entrenaba o jugaba los partidos, celebraba los triunfos cuando se producían y regresaba a casa. No se le conocían auténticos amigos en el grupo, aunque es cierto que se relacionaba un poco más con el portero suplente, el lateral derecho canterano y el extremo zurdo que solía ponerle los mejores centros.

Cuando se tiene todo, es difícil explicar por qué se necesita más. Bruno no era feliz. Se sentía plano, su vida era admirable para casi todos, pero él no mantenía la ilusión por nada: su mujer había dejado de excitarle, su hijo le cansaba, su profesión se había convertido, tan solo, en un trabajo.

La primera vez fue solo una ocurrencia. Conducía su flamante BMW cuando un cable se soltó de su sesera. Vio a una chica rubia, veinteañera, que cimbreaba las caderas embutida en unos tejanos elásticos slim fit. Admiró su culo. Le encantó. Quiso, en principio, entablar conversación con ella. Aproximó el automóvil a su lado de la acera e improvisó una educada pregunta sobre geolocalización para abordarla:

—¿Cómo puedo llegar hasta el supermercado, por favor?

Y mientras ella se mordía levemente el labio inferior para pensar la ruta más directa, él sintió el impulso irrefrenable de exhibirse, de mostrarle el miembro viril y sacudirlo ante sus ojos como si fuera un orangután blandiendo un plátano.

La chavala se marchó indignada, llamándolo marrano, degenerado, guarro. Él consiguió una erección que no bajó hasta su llegada a la puerta de los vestuarios.

Aquel día se mostró inspirado en el entrenamiento. Anotó tres goles en el partidillo, llegó a su casa animado, se acostó con su mujer pensando en la abordada y lamentó no poder contarle a nadie su vivencia. También pensó que era peligroso, pero no conseguía quitárselo de la cabeza y en realidad no había hecho daño a nadie, estaba controlado, todo en su vida le salía bien y aquello no iba a ser distinto.

Así, volvió a sentirse tentado y lo repitió en varias ocasiones. En una de ellas, incluso, se atrevió a manosear los pechos de una transeúnte antes de salir corriendo, riéndose, con ganas de tocarse.

Pasaron varios meses en los que incluso hablaba más con sus compañeros. Su vida conyugal mejoró en el ámbito sexual, y eso que su esposa no solía estar dispuesta para tales menesteres. Hasta que una mañana, al terminar el entrenamiento, la policía lo detuvo y prestó declaración en comisaría. Se derrumbó, lo confesó todo; aunque después, asesorado por un buen abogado, se desdijo y declaró haberse sentido presionado.

Se rompió su vida. Consiguió parar los juicios abonando ingentes indemnizaciones a sus víctimas. Le rescindieron el contrato por motivos obvios y se marchó del país, hacia un fútbol menor, donde ya nada fue igual.

Tras el apoyo inicial, su esposa le pidió el divorcio. Su hijo aún lo adora, lo tiene idealizado. Pero un día descubrirá el motivo por el cual se separaron sus padres. Y entonces aquel hombre al que admiraba también será para él un cerdo acosador previolador al que, sin duda, no podrá tener respeto.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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