La ventana cósmica

planet halo

Existen momentos en que las cosas no salen como teníamos previsto. Las ocupaciones cotidianas se tuercen de tal modo que nada acontece como debería. Los problemas se amontonan a nuestro alrededor y nos parece detectar la existencia de una tremenda confabulación universal en nuestra contra. La inercia de la cotidianidad nos arrastra irremisible hacia lagunas de tristeza, cansancio y desesperación. Y nos parece, definitivamente, que somos unos desgraciados.

Es entonces, al encontrarme en una de estas situaciones, cuando respiro hondo, llenando de oxígeno mis pulmones, y me asomo a la ventana cósmica que se abre sobre nuestras cabezas. Desde la nocturnidad cada punto brillante en el firmamento ilumina una parte de mi ser. Al contemplar el cielo azul salpicado de estrellas, me sumerjo en la grandeza de la Vida. Existen más de 70 millones de galaxias. En la nuestra —la Vía Láctea— hay aproximadamente 1000 millones de estrellas. Una de ellas es el Sol y próximo a él, como por casualidad, existe un pequeño planeta, una excepcional terraza abierta al universo: la Tierra. Un planeta entre millones, con cientos de países repletos de ciudades, con barrios, con calles, con casas… Innumerables casas. Y en cada casa, hombres y mujeres que noche tras noche tienen la oportunidad de bucear en este océano cósmico para recuperar el mismo oxígeno que a mí me falta.

Al admirar la bóveda celeste, siempre termino rememorando alguno de mis viajes al extranjero. Recuerdo rostros de nativos transitando junto a mí. Hablan extraño, no consigo comprender su lengua. Pero sus miradas, sus sonrisas y sus manos expresan tantas cosas, tan cercanas, que no soy inmune a sus mensajes. A veces pasean en silencio, llorando su dolor sin verter lágrimas; otras, exteriorizan con los suyos la grandeza de la vida por medio de risas jubilosas. Como todo el mundo. Trabajan, aman a los suyos, viajan en autobús, discuten con sus jefes, recuerdan el pasado, planean el futuro… Estén donde estén. En El Cairo, en Praga, en Pekín o en Zaragoza. ¡Qué poco importa el lugar!

Tan solo en China habitan casi 1000 millones de estas personas. Mil millones de prójimos nuestros tan lejanos que difícilmente llegaremos jamás a conocer. Sin embargo, disfrutan su irrepetible intimidad, sus vivencias, sus expectativas… y se amparan en sus personales y nobles ilusiones, en sus esperanzas. Personas que van construyendo su biografía a golpe de constancia.

Mientras escribo este artículo que tú estás leyendo, miles de escritores en todo el planeta están escribiendo también. Al hacerlo experimentan sensaciones e inquietudes semejantes a las mías, y deben resolver cuestiones y problemas parecidos. Y, sin embargo, al acabar, cada uno habremos obtenido una obra diferente. Completamente diferente. Ese es el misterio. Esa es la grandeza, la auténtica grandeza.

Asimismo, en estos momentos, mientras tú lees, millones de personas hacen lo propio con otros textos cargados de significados que ellos mismos van descubriendo poco a poco. Es emocionante. Emocionante y maravilloso.

Es maravilloso considerar que, siendo como somos —y han sido— tantos miles de millones los pobladores de la Tierra; y haciendo las mismas cosas, y siendo tan iguales en la esencia, nunca ha existido nadie que no fuera totalmente distinto a los demás. Único e irrepetible. En consecuencia, todos somos absolutamente necesarios e insustituibles.

Al llegar a esta conclusión, percibo mis pulmones mucho más oxigenados, y retorno a mis obligaciones cotidianas. Ya no me siento el ombligo del mundo, por eso estoy mejor. A fin de cuentas, la mayor parte de las veces mis problemas suelen ser insustanciales y de poca trascendencia.

Ojalá todos nuestros semejantes gozaran de idéntica fortuna…

 

*   *   *

Publiqué este artículo en el periódico Noticias Jóvenes, en la década de los noventa.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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