Dos pares de guantes

Portada OKOKAD110-1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mal partido, buen relato: por desgracia empieza a ser una constante. Una historia de porteros, de competición y colaboración, que acompañó a un buen número de aficionados zaragocistas este domingo en el estadio municipal de La Romareda.

*    *     *

Los futbolistas que juegan en la misma posición pasan mucho tiempo juntos, comparten ejercicios específicos, ocupan los mismos espacios en el terreno de juego y se relacionan entre sí de una manera distinta. Siempre se ha dicho, además, que los porteros son excéntricos, muy suyos, diferentes, posiblemente porque desempeñan en el campo una labor exclusiva y bien diferenciada: impedir el gol. Pueden tocar el balón con las manos y viven su calvario, o su alegría, junto a la portería que defienden como los aragoneses Zaragoza ante las tropas francesas. Ellos son los guardametas, los cancerberos, los arqueros. Y dos de ellos protagonizan esta historia.

Se conocieron siendo niños, en el alevín del Stadium Casablanca. Fran, el más formado, procedía de un equipo de barrio en el que había cuajado una excelente temporada. Era espigado, altivo y hablador, poseía una acusada personalidad y quería ser profesional en el futuro. Bromeaba con frecuencia, era del Barça y se enzarzaba en polémicas disputas con sus compañeros madridistas, de los que se burlaba en cuanto tenía ocasión. Bajo los palos era decidido, seguro e intratable. Y lo sabía muy bien. Garantizaba a su equipo un buen número de puntos extras gracias a sus paradas, espectaculares con frecuencia, solventes casi siempre. Llegó y besó el santo: se convirtió en el ojito derecho del entrenador, quien valoraba sobre todo la intensidad con la que vivía los partidos, su concentración y los gritos correctores que lanzaba a sus defensas.

El más bajito se llamaba Chemi. Era un crío rubio y cohibido, de piel lechosa, delgado, pequeñito. Siempre sonreía si le hablaban, quizá porque necesitaba un plus de aceptación y confianza de cuantos lo rodeaban. Había jugado en el benjamín del Stadium la temporada anterior, pero como no había crecido las porterías de fútbol once le resultaban tan enormes que parecía un minúsculo mosquito en un campo de trigo. Era, desde luego, muy buen niño. Siempre dispuesto a aprender y a esforzarse al máximo, pronto sintió admiración por el recién llegado, Fran, cuyas paradas en los entrenamientos y partidos él deseaba emular.

En esa categoría el entrenador repartía los minutos: jugaban por lo general un tiempo cada uno, se alternaban bajo palos; si bien es cierto que la defensa se sentía más segura con el otro portero con el que, por lo general, encajaban menos goles. La pequeña estatura de Chemi le hacía vulnerable por arriba, y los rivales pronto recibieron la consigna de tirar por alto a la menor ocasión. El pobre hacía todo lo posible, pero no era suficiente.

La temporada siguiente ficharon un nuevo guardameta y a Chemi lo bajaron a un equipo ce, donde siguió esforzándose a diario.

Coincidía con Fran los lunes en el entrenamiento de porteros. Lo consideraba su amigo, su modelo, a pesar de los desplantes que solía dirigirle. No le importaba en exceso: tenía mucho que aprender de él, y pese a no haber crecido todavía, trataba de imitar sus condiciones y a fe que lo hacía, incluso en los partidos en los que su equipo salía goleado.

Fue en edad cadete cuando Chemi pegó el deseado estirón hasta convertirse en un fornido quinceañero de metro setenta y cinco de altura. Medía más que Fran, y como guardameta había evolucionado tanto que los técnicos decidieron contar con él al año siguiente para el División de Honor, como suplente de Fran, el cual solía ir convocado con la selección aragonesa.

Volvieron a estar juntos.

Poco a poco comenzaron a intimar, y las paradas de Chemi en los entrenamientos le valieron la aceptación, primero, y los aplausos, después, de quien era su compañero —y su rival— en la portería verderola.

Llevaron vidas paralelas hasta el División de Honor de juveniles. Chemi era un suplente de lujo. Tuvo ofertas para cambiar de equipo, pero fue fiel a sus principios, a sus sentimientos, y continuó en el Stadium. Aunque era un gran portero y todos confiaban en él, el titular era Fran. Chemi, su suplente.

Hasta que una mañana fría en un campo gerundés, Fran salió a cubrir un tiro y chocó contra el delantero tanque rival. Se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Chemi lo sustituyó. Y lo hizo tan bien que terminó reemplazándolo también, meses después, en la selección aragonesa. Cuando le llegó la oportunidad, estuvo preparado.

Se han fijado en él varios clubes importantes, algunos de ellos los mismos que antes seguían a Fran.

Este evoluciona satisfactoriamente de su lesión de rodilla.

Chemi no deja de darle aliento, de animarlo para que se recupere cuanto antes.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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