La caída

 

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El Atrapamundos publicó en julio de 2009 este relato de inspiración germana.

*         *          *

LO PERDIÓ todo. El dramatismo se instaló en su vida, a quemarropa, durante unas vacaciones familiares. Hasta entonces, la existencia de Burke Weigel era modélica, envidiable incluso para la mayoría de sus conocidos. Terminados los estudios, consiguió trabajo bien remunerado como comercial en un concesionario de Colonia, donde consolidó una trayectoria profesional reconocida y fiable gracias a su locuacidad, empatía y talento natural para cerrar las ventas. 

Conoció a Dagmar Silberschatz, una voluptuosa germana de las que quitan el hipo, en 1975. Se casaron y decidieron posponer la paternidad algunos lustros, los cuales dedicaron a mejorar profesionalmente y a visitar las costas caribeñas y españolas, compartiendo excesos, juergas y resacas como enamorados.

Cuando semejante hembra cumplió los treinta y tres, su reloj biológico activó la alarma: necesitaba ser mamá. Burke Weigel no estaba preparado, en realidad nadie lo está nunca, pero la carne es débil y su mujer, ante la urgencia, una habilidosa arpía: dejó la píldora y concibieron descendencia. Fueron agraciados con un varón eslavo, fuerte, vigoroso, muy avispado, que despertó el interés de Burke tras las primeras sonrisas.

Aquel verano, cómo no, viajaron a Mallorca en vacaciones. Weigel estaba demasiado acostumbrado al desmelene como para dejarlo de golpe: en la fatídica noche, su mujer le permitió ir de juerga; ella se quedó en la habitación con el pequeño. El marido volvió de madrugada, desfasado, bebido y drogado de tal forma que desbordaba actividad con plus de excitación.

Salió al balcón a despejarse.

Debió de hacer más ruido del previsto, pues el bebé, de cinco meses, se despertó llorando. Su padre lo abrazó con mimo y lo sacó al balcón, tratando de calmarlo.

Entonces tuvo la funesta idea. Bailoteó con él para acunarlo, despacio primero, más rápido después y a gran velocidad, como en las discotecas, al ver que no callaba. El pequeño se le escurrió entre las manos, precipitándose al vacío.

Era un sexto piso.

No oyó los gritos de Dagmar advirtiéndole el peligro. Cuando vio el aterrado dramatismo de su cara ya era tarde.

Homicidio involuntario. Tragedia permanente.

Después de quince años, el desgraciado comercial sigue arrastrando su arrepentimiento en las inmediaciones de ese hotel, protegido por cartones y abrazado al tetrabrik que nunca le consuela.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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