No era su tipo

AD109-1

El fútbol de elite es caprichoso e indomable. Este es el epicentro de la historia que publiqué en la revista Aragón Deportivo el sábado pasado, repartida en la Romareda con motivo del partido contra el Lugo.

*    *     *

El fútbol profesional es una novia bipolar. Caprichosa, voluble, imprevisible. Despiadadamente cruel en ocasiones. Me llamo Óscar, y sé perfectamente bien de lo que hablo. Yo besé los labios pasionales de esa hembra; subí a los cielos, volé por ellos y regresé después al fango donde me vi obligado a arrastrarme, a apretar los dientes, a renacer. A llorar por los rincones mi desdicha. Pero no nos adelantemos. No soy un literato: haber cobrado por patear un balón no me da permiso para excederme en el manejo de metáforas. Estoy aquí para contar mi historia. Y eso es lo que haré, si el rencor me lo permite y a mi rodilla no le da por impedirlo.

Siempre me gustó jugar al fútbol. Con cuatro años lo hacía en el pasillo del recibidor contra mi padre, con una pelota de tela, de tenis o de goma. Jugábamos a chutar de pared a pared hasta que los rodapiés, al cabo de los años, terminaron desclavados y gastados.

Mi padre había jugado en tercera división un par de temporadas; era un medio centro práctico y muy táctico, que siempre deseó ver continuada su carrera por su único hijo.

Empecé jugando a fútbol sala en el colegio, hasta que en benjamines se fijó en mí el Montecarlo y vinieron a buscarme. Mi padre se puso muy contento; mi madre se preocupó por mis estudios. Allí comencé jugando en una banda, sin demasiada continuidad porque extrañaba el cambio de deporte, las dimensiones del terreno y la proliferación de jugadores. Me terminé acostumbrando y, como pegué un gran estirón con doce años, me reconvirtieron en central y allí desarrollé desde entonces toda mi carrera.

Jamás me lesioné. Jamás falté en aquella época a un solo entrenamiento. El fútbol dirigía mi vida, marcaba mis horarios, mis amigos, mis metas y aficiones. Me afiancé como defensa y completé un par de excelentes temporadas en el juvenil del Montecarlo, lo que me llevó a la Ciudad Deportiva para jugar en el División de Honor de juveniles.

Fueron buenos tiempos, a pesar de los suspensos. Finalmente desistí de mi intención de compaginar ambas actividades y me di un plazo de cinco años para redefinir mi futuro, a ser posible alrededor del balón. Cuidaba mi alimentación, mis horarios de sueño y mis descansos. Me eché una novia para no verme obligado a salir con mis amigos por las noches. Hice vida de ermitaño. Mi sacrificio se vio recompensado y formé parte del Zaragoza B durante varias campañas.

Todos hablaban bien de mí en la Ciudad Deportiva. Destacaban mi colocación, mi corpulencia, mi agilidad, mi inteligencia táctica, posiblemente heredada de mi padre. Mi pobre padre. Se lo llevó un cáncer de lengua sin llegar a verme debutar con el primer equipo. Lo hice un diez de mayo: ganamos dos a uno y jugué cuarenta y un minutos, tiempo suplementario incluido. No estaba previsto mi debut, en realidad me habían convocado para hacer número, pero las lesiones del central derecho titular, primero, y del central izquierdo después, provocaron mi salida.

Nunca olvidaré lo que sentí. Incluso salvé un gol bajo los palos, faltando seis minutos.

No fue suficiente. Ficharon a un central sudamericano y ya no volví a tener otra oportunidad.

Me estanqué en el filial y tuve que salir cedido. Pasé cuatro años en segunda división, haciendo pretemporadas con el Real Zaragoza y buscándome la vida, año tras año, pocos días antes del cierre del mercado. Tuve altibajos en mi rendimiento, me costó adaptarme, pero me consolidé finalmente en la categoría. Tenía veinticinco años cuando el nuevo entrenador del Zaragoza decidió otorgarme el rol de cuarto central. Creí que había conseguido mi propósito, pero apenas jugué sesenta y seis minutos en toda la temporada. Volví a estar fuera un año y medio, aunque al menos me habían renovado mi contrato.

Cuando regresé, el club me dejó en la plantilla en contra de la opinión del nuevo míster. Entrené muy fuerte, y conseguí recuperar la confianza del entrenador, que empezó a darme oportunidades en la Copa y los partidos amistosos. Alcancé la titularidad y me aferré a ella como un piojo al cuello cabelludo. Solo me la quitarían por la fuerza.

Y así fue.

Tras cinco semanas como titular, en el minuto 23 el delantero portugués del otro equipo me plantó los tacos cuando yo iba a despejar el balón dividido en el que me había anticipado. Prefiero pensar que no quería lesionarme, solo intimidarme. El caso es que sentí su coz en mi rodilla como la bola maciza de una catapulta. Apenas quedó intacto nada de ella. Después de tres operaciones fallidas, me despedí del fútbol profesional y de mis sueños de éxito.

Ahora trabajo a destajo ocho horas diarias para poder pagar una hipoteca abusiva. Mi novia se casó conmigo, estamos intentando quedar embarazados. La rodilla me duele mucho menos que el desánimo. El que me lesionó sigue montado en el dólar, protagoniza anuncios de tratamientos dentales y se postula como candidato en las próximas elecciones de la presidencia FIFA. A él, la novia del fútbol le otorgó su amor eterno.

A mí me maltrató.

No fui su tipo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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