El diablo en el salón

Portrait of male resting at home on his couch

Cedí mi alma al demonio. Compré con mi silencio la espuria paz en casa, cambié mi autoridad por falta de conflictos y anestesié su infancia con presentes, concesiones y licencias. La agenda abarrotada de citas prescindibles, extras de horas extra y fugas mercantiles no puede liberarme ya de mi destino.

Puse en mi lugar a Play Niñera, y con mi dejación forcé a ese vástago perdido a portar un llavero con más peso que llaves, a habitar una estancia sin muros ni antesalas, a hacerse en la existencia un hueco a dentelladas. Le financié absolutamente todos los derechos, pero olvidé el mayor: tener deberes. Y ahora, el anticristo, habita mis pasillos. Protesta, gruñe, gime, eructa, duerme entre las fiestas. Transita la cocina tres de cada siete madrugadas, con esa ansia voraz que le transmuta el alma: los ojos rojos volviendo en espiral desde el abismo; la boca entrecerrada, de ruin sonrisa oblicua; las fosas nasales deformadas, la mandíbula danzante y esa mirada insostenible que añade al colocón, entre los vahos efervescentes del sexo y la inconsciencia, reproche, desprecio y amargura.

Apenas ha cumplido diecisiete y ya está condenado. Arrastra en su caída a una mujer hermosa, su madre, mi mujer, voluntariosa, que aún trata de encontrarlo en esas largas noches negras de tortura. Comparten sufrimiento en la resaca y a veces aún desliza, hastiada de sufrir, la mano suplicante hacia la suya. La caricia queda huérfana por no correspondida, aunque algo en su expresión la hace creer que ha sido agradecida.

El diablo es un enfermo. Un loco, poseído, es un rebelde. Verdugo de sí mismo lento, despiadado; la víctima de todos. Un niño que responde monosílabos a mis reproches tardos: esculpe desplantes, escupe indisciplina. Hoy manda en el salón, en casa, en mi familia… quien no manda en su vida. Ayer me amenazó de muerte; mañana, después del desayuno, tal vez pegue a su madre. Y yo soy el Dios lerdo que no previó su infierno; que lo arrojó a los brazos del exceso, el vicio, el desconcierto. Por eso veo diablos en el rostro demacrado de mi hijo, en esos rasgos niños herencia de los míos, y es tan desgarrador saber que no saldrá jamás de esta condena. Al enfrentarlo con llanto de hombre viejo, maldigo las horas que no le dediqué, los juegos que nunca hemos jugado, las justificaciones que siempre enarbolé.

Por eso, cuando mis lagrimales son tomados por el fuego del infierno, me intento consolar pensando que, al menos, mi pequeño, no tendrá que padecer la desesperación de ver la destrucción de su pequeño.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Febrero 2008]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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