Arma sin alma

 

Uganda

 

En junio de 2009 publiqué en El Atrapamundos este desgarrador relato ambientado en Uganda.

*         *          *

CUANDO tenía once años, los activistas de un comando del Ejército de Resistencia del Señor —grupo terrorista ugandés liderado por el autoproclamado médium espiritual Joseph Kony— obligaron a Lakwena Bigombe a acompañarles, junto a otros niños del poblado, para transportar los víveres robados durante el saqueo.

Pensó que volvería a casa en uno o en dos días; pero se equivocó. En el campamento base, el cabecilla se encaprichó de ella; la vio guapa y atlética, y ordenó que la adiestraran, como soldado, para sobrevivir y matar. La protegió de los abusos sexuales de los milicianos hasta que él mismo la tomó, seis meses después y una semana antes de que una flecha defensiva destrozara su laringe. Por entonces, Lakwena ya había aprendio a fabricar bombas, montar granadas y matar a quemarropa con su kalashnikov. Aprendió también, con rapidez, a defenderse del acoso carnal de sus colegas. Posiblemente hubiera sido hermosa en otras circunstancias. Pero la vistieron con un uniforme militar viejo y raído, le arrancaron la expresividad y le inculcaron el odio visceral, la fiereza del desesperado, hasta que acabó ganándose en combate el respeto de los otros guerrilleros. También su temor, cuando a uno de ellos, especialmente abusivo y despreciable, le segó las pelotas de un preciso machetazo tras haber sido violada.

El 10 de octubre de 1996, en compañía de otros doscientos hombres armados, Lakwena irrumpió violentamente en el colegio St. Mary’s de Aboke, al norte del distrito de Apac, y secuestró con sus iguales a 139 chicas de su edad —entre trece y dieciséis años— que dormían, inocentes, ignorando su destino. Sintió rabia al verlas. Las envidiaba. Por eso lamentó no poder vaciar su cargador, al menos, sobre una. Para vengar su destino. Ajusticiar su fortuna. La hermana Rachele Fassera, directora del centro, negoció con los rebeldes la liberación de 109 de las secuestradas; en cuanto a las demás, cinco murieron cautivas y, el resto, fueron libres al cabo de los años. Por Lakwena no negoció nadie.

Bigombe jamás se enamoró. No fue feliz. No fue persona.

Siempre ocultó sus sentimientos bajo un aspecto hostil de expresión aterradora.

Se emborrachó y tomó droga en el campamento, viviendo únicamente ese presente al que se aferraba, con desesperación impuesta, en cada trago. En cada chute. Cada vez que apretaba ese gatillo amigo que la hacía sentir viva.

Era consciente de que, un día, su suerte cambiaría. Cuando sucedió, las alimañas devoraron su cadáver.

Hubiera sido bella en otras circunstancias.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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