La línea blanca

AD108-1

 

 

 

 

 

 

 

La cara oscura del fútbol profesional es el tema de este relato que podréis leer este domingo en La Romareda.

*    *     *

El éxito le llegó demasiado joven. Nunca estuvo preparado para ello, ni siquiera ahora, pero al menos hoy valoraba cuanto había perdido y, en consecuencia, estaría en condiciones de intentar salvaguardarlo.

Con once años llegó a la Ciudad Deportiva, donde se confirmó como el mejor interior zurdo de la categoría. Era rápido, intuitivo, y desbordaba por la banda con facilidad pasmosa, por medio de paredes o conduciendo el cuero con su pierna izquierda, letal y muy precisa, que lo mismo ponía un centro medido en la cabeza del ariete que pateaba con potencia o colocaba el esférico en la escuadra contraria. Progresó rápidamente: debutó en el Deportivo Aragón antes de tiempo, aún imberbe, si bien se asentó en la categoría a la velocidad de sus zancadas. Era, eso sí, genial e irregular, algo que los especialistas achacaban a su juventud y a su escasa formación, no en vano había abandonado sus estudios demasiado pronto, en cuanto los cantos de sirena futboleros le nublaron el espíritu, antes incluso de firmar el contrato profesional que le anticipaba un porvenir sobresaliente.

Jugó en el Real Zaragoza, el club de su ciudad, durante tres temporadas. Mantuvo sus condiciones técnicas y mejoró las físicas, creció, se consolidó en la élite como un futbolista hecho realidad y los equipos punteros comenzaron a seguirlo. Cuando tuvo la oportunidad de cambiar de aires, sus representantes le animaron a firmar un contrato millonario lejos de su tierra, de su casa y su familia.

Todavía no había cumplido veintiún años cuando se marchó a Sevilla, se comprometió por cinco años y se convirtió en multimillonario. Demasiado pronto. Demasiado joven. Demasiado solo.

Su cabeza nunca había sido fría ni comedida, más bien al contrario. Quisieron los demonios que su primera temporada fuera espléndida, maravillosa: titular indiscutible, goleador, vitoreado por la grada, fue seleccionado por la sub 21 y se convirtió en uno de los principales valores emergentes del fútbol español. Los grandes lo miraban de reojo, aguardando una madurez futbolística que parecía inminente.

Pero la soledad y el ocio son compañías terribles. Al terminar los entrenamientos se aburría en casa; los videojuegos y la prensa deportiva no llenaban su existencia, solo su tiempo, y apenas aplazaban la apatía y el cansancio existencial durante algunos minutos. Fuera de casa era un ídolo, firmaba camisetas y posaba con los aficionados con una sonrisa tramposa, irreal, de pasarela. Cuando entraba en su caro apartamento estaba solo, abandonado, se sentía hueco. No le resultó difícil combatir la soledad con las admiradoras: su fama de conquistador se hizo notoria en toda Andalucía, lo cual atrajo hacia su persona, junto a las fans de buena pasta, a infinidad de busconas que convirtieron su hogar en un lupanar de intereses y emociones. Organizó fiestas. Estuvo en discotecas. Se rodeó de representantes y asistentes sin escrúpulos, compañeros desalmados y gente de vida fácil a costa de su prójimo. Financiaba todos los excesos, no administraba el dinero. Dormía poco, bebía mucho. Alguien le ofreció un poco de coca y él no supo desmarcarse. Cayó en la trampa. Cuando se enganchó al polvo blanco, a los placeres torcidos, su vida quedó abocada a una espiral de decadencia.

Bajó su concentración y el rendimiento. Perdió la titularidad después de la solvencia. Comenzó a ser desconvocado pese a que algún entrenador intentó, sin éxito, recuperarlo para la causa. De nada sirvieron las conversaciones aparte, los cuidados y las palmaditas en la espalda. Después de prometer que cambiaría, volvía a casa y se encontraba a toda aquella gente, ansiosa de exprimirlo, la única que lo mantenía alejado de la soledad. Se deprimió. Y las líneas blancas le hacían sentir, por mínimos momentos, ligeras mejorías.

Cambió de aires con veinticuatro años, pero no de entorno. Marchó a Turquía. Dio positivo en un control antidoping, intentó desintoxicarse, no lo consiguió, y su carrera se diluyó como un azucarillo en un océano revuelto. Se quedó en el paro y, como nunca había tenido demasiada voluntad, ni buenos consejeros, no fue capaz de mantener la forma.

Lleva sin jugar cuatro temporadas. Ya no hay carroñeros, prostitutas ni asistentes a su alrededor. Solo fracaso.

Ha vuelto a Zaragoza y está intentando, arropado por sus padres, desengancharse de todo. Pero su tren ha pasado. No tiene nada, salvo un pasado ruinoso.

Un pudo haber sido que dejó de ser.

Una vida destruida, fuera de juego, antes de la treintena.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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