El hombre vertido

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Desesperado y vacío, el hombre entrecerró los ojos antes de lanzar sin alma una piedrecilla al Ebro. Todo era negrura en torno suyo. El meandro de Ranillas aguardaba silencioso el paso de la noche. La luna se reflejaba en sus lentes bifocales, dañando el vidrio de sus ojos con brillos imprecisos.

Sacó de la cartera el pase permanente y lo miró, devoto. Ya solo era recuerdo. Otro más en su existencia. Zaragoza dormía la resaca de su exposición internacional, pero él era incapaz de conciliar el sueño. ¿Dónde pasaría las largas y jubiladas tardes del inmediato otoño? ¿Dónde entretendría los tiempos muertos cotidianos, tan persistentes, dolorosos como las varices de sus piernas? ¿Dónde iba a sentirse más acompañado que en esa Expo multitudinaria de interminables colas, degustaciones de galletas belgas, fuentes de inspiración y de agua fresca, chiquillería, circos callejeros, grandes avenidas y banderas de todos los colores? De nuevo tendría que engañar sus horas entre los parques gastados, pedaleando el pasado bajo las sombras oblicuas, masticando palillos atrancados y jugando al mus con los tres viejos de siempre, en ese hogar del jubilado que le parece, en realidad, una consigna de abuelos.

Desde que murió hace siete años, con la pensión recién estrenada y un viaje del Inserso apalabrado, el hombre echa de menos a su esposa. Ella llenaba sus tardes de rutinas, de ruidos culinarios, de los monólogos apenas trascendentes que ahora tanto extraña. Apenas ve a sus hijos, ni falta que hace. Andan demasiado ocupados en consumir y enriquecerse para cederle tiempo. Mejor así, masculla el resquemor con la tibieza del cansancio.

—No es un asilo, padre, es mucho mejor: es una residencia.

—¿Acaso importa el nombre?, replica él cada vez que uno de sus vástagos le saca el tema; es decir, en cuanto llega, abriendo un poco más la brecha emocional que los distancia.

Ya terminó la Expo y él se siente, de nuevo, abandonado. Vertido por una sociedad que separa sus residuos, que cuida el medio ambiente y gasta toneladas de pólvora al terminar una fiesta. Y así, aparcado frente al Ebro en los asientos de piedra fríos e insensibles, con la silueta iluminada del Pilar a la siniestra, y la aún resplandeciente nueva Zaragoza a la derecha, el hombre vertido escruta el desgastado horizonte de su vida y piensa que no le importaría nada fundirse con el río. Dejar de ser residuo y ser vertido, para siempre, en el fluir de la memoria.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Septiembre 2008, recién terminada la Expo Zaragoza 2008. Su lectura adquiere hoy analogías significativas.]

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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