La última bruja

Última Bruja

 

De abril de 2009 es este inquietante relato de inspiración portuguesa, publicado en El Atrapamundos.

*         *          *

—¡MALDITO seas por siempre! ¡Que los hijos de tus hijos arrastren las entrañas por el fango hasta el final de los tiempos! —vociferó Teresinha Batalha con su voz hiriente, virada a masculina por el abuso de la nicotina y los licores.

El destinatario, un forastero enjuto, nervudo e inexperto que había osado bromear al verla pasar cargada de bolsas y pucheros que dejaban tras de sí un reguero fétido de sobras, tragó saliva con dificultad mientras la hilaridad se le volvía miedo, agarrotado por el grito impetuoso de la anciana más incluso que por las miradas expectantes, compungidas o intrigadas, del resto de presentes.

Teresinha continuó clavándole sus ojos transparentes mientras se alejaba, recortando su si-lueta oscura de aquelarre ante el frontal de la iglesia. Un gato negro maulló y, tras él, una in-terminable procesión de ánimas felinas surgieron de todos los rincones en dirección a la anciana, reforzando de este modo el impacto amenazante de la maldición.

—No le haga usted caso, se volvió loca hace años —pretendió animarle una voz anónima.

Pero Teresinha Batalha no dejaba de mirarlo con expresión maléfica, al tiempo que los colmillos afilados de los gatos le arañaban al lamer, sobre sus ásperas manos, los restos de comida.

El hombre estaba pálido. Blanco como una aparición fantasmagórica, la misma que él creía ver en aquella vieja malévola cuyos ojos seguían clavados en los suyos, de igual modo que un vampiro se aferra al terso cuello de la víctima hasta vaciarla de sangre. Así sintió el forastero, lentamente, su vacío. Primero una leve vaguedad en todo el ser; después un ligero adormecimiento en ambas piernas, un progresivo mareo y, finalmente, el desvanecimiento. Al caer se golpeó la cabeza contra el suelo, y la sangre escapó de su interior como una marabunta de hormigas asustadas.

Cuando volvió en sí, alentado y atendido por el doctor Ricardo Mendes, la vieja ya no estaba. Tampoco sus bestias. Solo un felino negro, de ojos casi transparentes, daba vueltas a su alrededor con aire amenazante, olisqueándolo todo con in-disimulada hostilidad.

—¿Se encuentra usted mejor? —le preguntó el médico de guardia—. Apóyese en mí: si puede caminar, le coseré en el dispensario.

Aquel hombre jamás volvió a la aldea. Se marchó esa misma noche, mientras Teresinha Batalha, en la mísera penumbra de su abigarrada cocina, aprovechaba el resplandor plateado de la luna para remover con fruición, en la caldera, un guiso maloliente de casquería lusa y restos de pescado.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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