El jugador 37

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La experiencia de un debut en el fútbol profesional, vivida por la familia, es el argumento de este relato futbolero que se publicará mañana en Aragón Deportivo.

*    *     *

Nunca había estado tan nervioso. La inquietud y su pesimismo natural se le juntaban con un estado de agitación incontrolada desde la tarde anterior, cuando la convocatoria del entrenador confirmó la noticia que los medios locales venían adelantando desde el comienzo de semana.

El estadio lucía un buen aspecto, dadas las circunstancias, aunque alejado de la expectación y la alegría de otros tiempos, cuando el zaragocismo bullía en primera división al alimón con los éxitos de sus jugadores. Era una tarde fresca, húmeda, inhóspita; la lluvia chispeaba alternativamente molestando al público que no estaba a cubierto, aunque no lo suficiente para buscar refugio en las tribunas superiores. Su esposa estaba al lado. A ella nunca le había gustado demasiado el fútbol, pero a fuerza de lavar ropa de entrenamiento cuatro o cinco días por semana, de pelearse con el salpicón de caucho que caía desde las botas siempre mal sacudidas multiplicándose por toda la cocina, de oír a su familia hablar de goles, regates, arbitrajes y desmarques, se había acostumbrado a convivir en ese entorno futbolero con resignación y un cierto interés creciente.

Si algo la caracterizaba era el apoyo incondicional que siempre daba a sus hijos; aunque su debilidad era el pequeño —el más cariñoso con ella y el más necesitado por su minusvalía—, la oportunidad del primogénito la había sumido en un estado de entusiasmo que, sin embargo, apenas había compartido con un pequeño círculo de amigas. Habían sido tantos años de sacrificio, tantas esperas intempestivas en el Stadium Casablanca, primero, y la Ciudad Deportiva, después; tantos desplazamientos sabatinos a los terrenos de juego de toda la ciudad, tanto esfuerzo para seguir motivándole al estudio, para alentarlo permanentemente, y tantos sinsabores cada vez que una lesión o la decisión de algún entrenador se traducía en suplencia o desconvocatoria, que no podía asimilar que su cachorro —todavía chiquitín pese al metro ochenta y uno que medía— fuera a hacer realidad su sueño aquella tarde.

Junto a ella, agitado y excitado, estaba Nico, cuyos ojos achinados y la enorme sonrisa de dientes irregulares lo expresaban todo. Le resultaba difícil a su madre, con frecuencia, ahondar en la intimidad de su segundo hijo y comprender sus reflexiones. Pero entonces, cinco minutos antes de que su hermano saltara al césped de la Romareda como titular en el primer equipo de su tierra, tenía la certeza de que estaba realmente pletórico. Solo había que mirarlo, con su bufanda blanquiazul al cuello y los nervios más a flor de piel aún que de costumbre, pues era un zaragocista sufridor como muy pocos, a pesar del optimismo irracional que siempre transmitía.

—Va a meter tres goles, mamá. Va a meter tres goles —dijo con esa voz rugosa e imperfecta que lo caracterizaba. Y a su madre se le puso la piel igual que a una gallina joven cuando las formaciones contendientes salieron ordenadas tras los colegiados, y vio a su campeón el penúltimo de los blanquillos, con aspecto de pipiolo y expresión muy concentrada.

—¡Y van a hacerle un penalti! —volvió a farfullar Nico mientras aplaudía con estruendo puesto en pie, al tiempo que daba pequeños saltitos de una a otra pierna para combatir el frío.

—Qué bien le sienta el 37 —le dijo su padre, más hinchado de satisfacción que nunca, al vecino de la localidad contigua, con quien había compartido sinsabores y alegrías durante las últimas cinco temporadas.

—A ver si al chaval le sale un buen partido.

»Que buena falta nos hace —añadió para sus adentros el compadre con expresión ceñuda, porque el Zaragoza se había quedado sin ariete y la presencia de ese juvenil, pese a su amigo, no le generaba confianza.

—Mamá, quiero el Fifa 16. ¡Para llevar al tato! —se animó de nuevo Nico, iluminado por una idea repentina.

—Todavía no ha salido, cariño —le respondió ella mientras lo abrazaba para relajarlo, lo cual aprovechó el chiquillo para darle uno de esos besos húmedos en la mejilla, babosos, que tanto le gustaban.

El sorteo determinó que los locales sacaran desde el centro, y el jugador 37 se situó junto al mediapunta brasileño para tocarla en corto. El árbitro silbó con energía y el tiempo se le detuvo al padre con el recuerdo del balón de cuero que le regaló en su primer cumpleaños, lo que quedaba del cual seguía en el trastero de su casa junto a la colección de botas infantiles desgastadas, de números crecientes, que nunca había sido capaz de tirar a la basura.

Volvió al juego. El Zaragoza atacaba. Su hijo tocó el balón con el exterior, se dio la vuelta, hizo una pared en corto con el extremo derecho en la zona de tres cuartos y dejó atrás a un rival en dirección al área de castigo. Todo el graderío se levantó anticipando el desenlace, un gol tempranero que podría llegar si conseguía esquivar al último defensa, el veterano central tanque que sacó la pierna musculosa lo mismo que un ariete y volteó al juvenil despejando el balón y el ensueño de sus padres.

El chico se quedó en el suelo. Dolorido. Se levantó renqueante y regresó cojeando hasta su campo. Apretó los dientes. Era su oportunidad, no estaba dispuesto a desaprovecharla.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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