Recta final

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La historia de una zaragocista muy particular constituye mi relato para el Aragón Deportivo de mañana. ¿Os apetece leerlo?

*    *     *

Bartolomé era un hombre intrascendente, acomodado en una vida de continuos sinsabores y aparentes sacrificios. Tenía, eso sí, un puesto de trabajo fijo como soldador en un taller de calderería, por lo que se levantaba a las seis de la mañana de lunes a viernes, se ponía el mono tiznado de negrura, las gafas protectoras, y fusionaba piezas metalúrgicas con habilidad cansina, pero eficaz, ocho horas diarias.

Paraba para almorzar, para comer, para echar un trago de agua, un pis o una charrada con sus compañeros. El mejor rato de la jornada laboral era, sin duda, la media hora de sobremesa en el restaurante, cuando hojeaba el Marca o la sección de Deportes del Heraldo, aunque últimamente no ganaba más que para disgustos. Él era un zaragocista a ultranza. A sus cuarenta años había visto a su equipo en lo más alto, venciendo desde el cielo en la final de París, humillando al Barcelona y al Real Madrid en la Romareda, jugando un fantástico fútbol de salón y encaramado casi siempre a lo más alto. Después llegó Agapito, y las tinieblas, y acudir cada lunes al trabajo se le hizo más pesado, sin la alegría que le daba antaño presumir de éxitos o compartir sus aventuras ultras del último partido. Porque todavía, aunque menos, se transformaba los fines de semana en Tolo el del Ligallo y seguía a su equipo hasta donde fuera necesario. Él se había dejado la garganta en Anoeta en más de una ocasión, se había peleado a mano abierta con los Indar Gorri antes y después de los partidos y el autobús en que viajaba había sido apedreado en Eibar no hace mucho tiempo.

Nunca había sido un deportista muy cualificado, aunque jugaba al fútbol siete con sus colegas del barrio y se ponía ciego de huevos fritos con chorizo y vino tinto después de los partidos. Lo pasaba bien, pese a los madrugones, con sus botas multitaco y sus regates torcidos. Pero no era igual que seguir al Zaragoza. Con frecuencia se juntaba con la vieja guardia, los ultras más veteranos, y rememoraban entre brindis de cubata las gestas y los cánticos antiguos, las fiestas señaladas, las peleas míticas y los momentos especiales de su vida, como cuando el legendario Sergi López, central del primer equipo descartado en la convocatoria del Parque de los Príncipes, se puso junto a él con el megáfono en mano para impulsar al equipo hacia la victoria.

Su existencia seguía pivotando en torno al fútbol, aunque se estaba haciendo viejo. No tanto por la acumulación de años y vivencias, que en parte le influía; sobre todo por el desgaste que el declive del zaragocismo le estaba provocando. Sin ilusión no somos nada; y a él solo lo ilusionaban los éxitos blanquillos, que ahora brillaban por su ausencia.

Y eso que había sido padre. Por dos veces. Su mayor deseo —después de ver campeón de Liga al Zaragoza— siempre había sido tener un heredero para poder llevarlo al campo e introducirlo en el mundo de los ultras. Primero llegó Jennifer, a la que vistió al nacer con un uniforme blanquillo, pero nunca demostró interés por el balón ni por el club de su papá, lo cual se repitió con Vane, dos años más tarde, y Bartolomé se resignó a seguir transitando su vida con insatisfacción creciente. Pasaba poco tiempo en casa, prefería bajarse al bar y ver en el Plus los partidos de 1ª, de 2ª, de la Champions o de cualquier competición que pudiera regarse con cerveza en compañía de sus semejantes.

No le sorprendió en exceso, por lo tanto, la noche en que su esposa le puso las maletas en la puerta y le gritó que se fuera.

—Ya no te quiero. No estás nunca en casa, no atiendes a tus hijas, siempre estás ausente, borracho… No sé qué te pasa. ¡No quiero verte más!

Intentó explicarle que se sentía mal, alicaído, deprimido. Que extrañaba sus tiempos de noviazgo, la vida juvenil en el Ligallo, la emoción, la adrenalina y, sobre todo, las victorias de su equipo. Trató de decirle que todo iba a cambiar, que la llegada de la Fundación 2032 le había llenado de optimismo, que el Real Zaragoza ascendería, que llegarían los goles, el buen juego, las victorias y, con ellas, su alegría. Que intentaría pasar más rato con las niñas, pero que no era culpa suya que a ellas no les gustara el fútbol.

Miró a su mujer y vio en sus ojos la serenidad de una decisión bien sopesada. No se atrevió a decir nada. Sintió el portazo delante de su cara y se concentró por un momento en la mirilla por la que, quizá, ella lo estaba escrutando. Tragó saliva. Hizo intención de pulsar el timbre para tratar de explicarse. Al alzar el brazo derecho vio emerger la esfera de su reloj de muñeca, en el que comprobó que ya eran las nueve menos diez de la noche. Todavía estaba a tiempo de ir al bar y conseguir un sitio aceptable para ver al Zaragoza.

Jugaba Copa del Rey.

Seguro que si se clasificaba, se animaría a volver a casa y resolvería su problema.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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