La campaña

nap on the beach

La naturaleza no había sido con ella demasiado generosa, quizá para compensar lo que le reservaba el destino: un cupón hipermillonario cuando ya se había resignado a su existencia insípida de trabajo mal remunerado, soledad y series de prime time. Tras la zozobra inicial, Dolores Martínez empezó a cuidarse más, a darse algún capricho; a fin de cuentas, a una mujer sola como ella, tal cantidad de dinero le resolvía el futuro y el de sus herederos, si es que llegaba a tenerlos. Pensó que sí, que los quería. Que deseaba sentirse amada por un hombre, formar una familia.

Así, decidió ponerse en manos de un asesor estético que la guió en el cambio de apariencia: desde la nariz hasta el trasero, desde las sandalias al cardado de su pelo. Más animada, con mejor aspecto pero sin conseguir ser hermosa —escogió la cirugía estética, no la santería—, se presentó en una agencia de publicidad y expuso sin dudar lo que quería. La ejecutiva de cuentas consultó con el gerente, el cual puso una condición para aceptar el encargo: cobrarlo por anticipado. A los creativos les pareció un trabajo estúpido, pero pusieron en él el trozo de cerebro requerido. Mes y medio después, Dolores Martínez, ya Lola Martí, sonreía desde cada marquesina, mupi o valla 3×4. Su expresión pícara, sensual, debidamente retocada con el Photoshop, ocupó faldones a color en prensa gratuita, acompañada de un mensaje concluyente: «Busco marido» y, sobre el canalillo que el director de arte había insistido en enseñar, su nombre y la dirección de una web recién creada.

En dos semanas fue tan popular como la Hilton, Naranjito o Pipi Estrada, y su bandeja de correo se llenó de peticiones. Las productoras de televisión la invitaron a programas y tertulias, y cometió el error de acudir, bien maquillada, presta de palabra, a echar carnaza a tantos tiburones. No tardaron en salirle novios, apoderados y fotógrafos enfrente de su casa, hasta que el famoseo derivó en escondecucas.

Lola Martí tuvo que escapar a las Seychelles, enamorarse de un nativo y montar un chiringuito de bebidas africanas. Antes de emigrar, encargó a la misma agencia otra oleada de campaña, esta vez con una foto antigua de esas que avergüenzan junto a la leyenda: «Todo era un montaje. Siempre seré impar», que no sirvió de nada.

Dos años después, cuando escasean las noticias rosas, algún paparazzi infatigable la sigue por las playas coralinas de Mahé, detrás de su objetivo.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Septiembre 2007]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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