El club de sus amores

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Mi relato en Aragón Deportivo para este domingo se centra en el ocaso futbolístico y la influencia de los problemas personales. Espero que os guste… y que ganemos al Leganés.

*      *      *

Lo había dado todo por aquella camiseta. Lo había sido todo. El ídolo de multitudes, el ejemplo a seguir, el crack reverenciado. Y ahora le temblaba el alma cada vez que saltaba al campo y los silbidos atronaban tras cada entrega errada o cada tiro flojo.

No era solo una cuestión de tiempo. Ya no era un chaval pero todavía estaba en esa edad en que el oficio y la experiencia logran compensar la merma física. No se trataba de eso; ojalá lo fuera. Su espíritu de sacrificio y su amor propio le habrían permitido ponerse a punto con un plan personalizado, y en unas cuantas semanas habría estado en condiciones de volver a ser quien era y liderar, una vez más, el club de sus amores.

Volvió a tocar en corto y entregó otra vez el pase a su contrario, recibiendo nuevamente el abucheo general con una inquina adicional a consecuencia de la pésima clasificación y la provisional derrota. Se sintió desnudo sin el brazalete de capitán que la suplencia le había arrebatado. El míster seguía sacándolo a jugar en los segundos tiempos, lo que en sus circunstancias suponía más un castigo que una oportunidad aprovechable. No estaba centrado. Deambulaba por el campo sin conseguir aislarse del entorno, de sus condicionantes, de su parálisis anímica. Corrió detrás del volante rival y se lanzó como un jabato herido entre sus piernas y el balón, llegando tarde y haciéndolo caer violentamente justo delante del árbitro. Vio la tarjeta amarilla y protestó tan airada como inmerecidamente, librándose de la expulsión solo porque el colegiado lo conocía de tantas temporadas anteriores y prefirió contemporizar antes que largarlo.

—Vamos, tío, céntrate. ¡Vas a dejarnos con diez! —le dijo el delantero centro, un valor emergente de la cantera que incluso se atrevía ya a darle consejos.

El entrenador le lanzó otra bronca; él se cagó en su puta madre mirando hacia otro lado, pero sin ocultar sus labios con la mano para evitar que las cámaras del Plus pudieran grabar su comentario, y subtitularlo, en cualquiera de sus reportajes semanales. Las piernas le pesaban, ya no actuaba por instinto. Tenía que decidir cada movimiento, por eso llegaba siempre tarde, le quitaban el balón o lo golpeaba defectuosamente cada vez que lo intentaba.

Una parte de la hinchada, la más radical, comenzó a llamarlo obeso. De no ser por las recientes amenazas de sanción de la LFP a los clubes profesionales, lo estarían insultando mentándole a la madre, llamándolo pesetero o menospreciando sus atributos varoniles los mismos que una temporada atrás lo habían elevado al Olimpo de los dioses.

—Si al menos fuera un problema deportivo —pensó poco antes de saltar en busca de un balón con la cabeza, medir mal y encontrar la ráfaga de viento del esférico rozado por el oponente al superarlo.

Volvió a ser abroncado.

En la siguiente jugada el extremo comunitario de su equipo consiguió hacer un eslalon de regates hasta la línea de fondo, donde logró forzar un córner. Tuvo intención de ir a lanzarlo, pero el entrenador le ordenó no hacerlo, así que se sumó al remate para intentar recuperar su, antaño, fino olfato de gol.

El lateral derecho rival era un brasileño ladino y malcarado, un mal bicho que ahondaba en la debilidad o en la miseria ajenas para descentrar al oponente. Primero se pegó a su cuerpo y le pellizcó dolorosamente un pliegue de carne en la cintura, llamándolo hipopótamo.

El jugador local soltó los codos y lo miró con desprecio, pero se dominó. Vio que su compañero, tocando el banderín, marcaba la jugada en que el central iba al primer palo para prolongar el cuero, y pensó desmarcarse hacia el segundo por si había algún rechace. Entonces oyó el tono insultante del mestizo, bien cerca de su oído:

—No me extraña que a tu mujer se la tire medio equipo. ¡Cornudo!

Mientras el esférico dibujaba una parábola ascendente hacia el palo corto, el puño derecho de nuestro protagonista lanzó un gancho demoledor sobre la nariz del lateral, cuyos huesos y cartílagos crujieron en mil trozos ante el poderoso impacto mientras su propietario caía fulminado, sangrando como un cerdo.

El central consiguió tocar el balón hacia el segundo palo, donde el joven delantero canterano remató a placer mientras el silbato del árbitro quedaba oculto ante la sonora celebración del gol en todo el graderío.

La jugada terminó con un libre directo, retirada en camilla del ofensivo lateral carioca y expulsión del jugador local venido a menos, que lejos de arrepentirse de su acción se acercó al caído y lo insultó con vehemencia, mientras recibía traqueteos y empellones por parte de los adversarios más sanguíneos. Nunca hasta entonces había sido un futbolista agresivo. Ni tan siguiera polémico. Mientras abandonaba el césped en dirección al vestuario, bajo un clamor de abucheos y silbidos, clavó su vista en la del míster, el causante de su mal. Era un tipo apuesto peinado con gomina, de tez aceitunada y sonrisa nuclear de dentífrico caro. Se mantuvieron la mirada como los protagonistas de un duelo de vaqueros. Le transmitió una sensación indescifrable: no era victoria, superioridad ni regocijo lo que advirtió en los ojos del entrenador, pero tampoco piedad, arrepentimiento ni disculpa. Cuando llegó junto al individuo con quien su esposa se acostaba, estuvo tentado de reabrir la cuestión con otro puñetazo, esta vez dirigido contra los labios argentinos que platicaban con la misma sensualidad con que excitaban a su amada.

Pensó en sus hijos. Y pasó de largo junto a él mostrando hostilidad.

Le rescindieron el contrato esa semana.

Su mujer, con sus dos hijos, prefirió quedarse en la ciudad cuando su agente le encontró acomodo en un club de Malasia.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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