Fuego en el cuerpo

Publicado por El Atrapamundos en abril de 2009, recupero este relato inspirado en Australia y sus incendios forestales.

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Australia

KEVIN J. FOSTER no soporta el calor. Su cuerpo reacciona con ansiedad en cuanto la temperatura alcanza treinta grados: le invade un sudor frío que precede al vértigo y a las palpitaciones, a las arcadas huecas, a la opresión en los pulmones que bloquea su respiración. Y, aunque ya no es un muchacho, la edad no es el motivo: a Kevin, simplemente, le abrasan los recuerdos.

El 7 de febrero de 2009, Foster tomó una decisión que le salvó la vida. Vivía solo en una pintoresca casa situada en Churchill, cerca de Melbourne, sin más ocupación que pasear jubilación junto a su perro Hurricane, un pastor australiano de 25 kilos, pelo rojo mirlo, ojos almendrados, expresivos, y una acusada sordera propia de la raza. En el último momento, Hurricane sintió los gritos de su amo, surgió de la maleza y entró en el coche por la ventanilla abierta. Esa reacción también salvó su vida, aunque el animal murió semanas después quién sabe si del susto, de melancolía o, simple y llanamente, porque llegó su hora. El caso es que ladraba asustado mientras Foster conducía cegado por el humo, tratando de escapar de las inmensas lenguas de fuego que los escoltaban a ambos lados de la carretera. En un momento dado, Kevin J. Foster decidió cruzar el fuego que atravesaba el camino. Otros conductores no fueron tan valientes, quizá porque en lugar de un perro llevaban a su lado niños, padres y mujeres. Superar aquella infernal cortina anaranjada le salvó la vida. Tenía tanto miedo que no sintió dolor.

Foster regateó a la muerte. Pero el fuego prendió su devenir cuando volvió a su pueblo y encontró los esqueletos consumidos de las casas, los campos arrasados, los restos de canguros abrasados junto a las cunetas, las familias unidas calcinadas, el dantesco panorama de la ciudad carbón ya consumida. Su hogar era, simplemente, un fantasma negro más de destrucción, vacío y exterminio. Al recorrer su jardín, antaño tan cuidado, sintió el frío incendiario en las entrañas. No quedaban verdes, blancos ni celestes a la vista, sólo grises muerte. No había amables vecinos, ni tan siquiera molestos, con quienes comentarlo. Fue la peor ola de incendios de la historia australiana: 33.000 hectáreas y 750 viviendas quedaron devastadas por el fuego en los estados de Victoria y Australia del Sur. Las muertes, y las desapariciones, fueron incontables. Pueblos enteros, como el suyo, dejaron de existir.

A Kevin J. Foster le quema, sobre todo, la conciencia. No puede olvidar que, meses antes, sorprendió al hijo de los Woods jugando con cerillas en el monte. Lo amonestó sin saña: ‘Es peligroso, chico. El fuego es munición de los demonios’. ¿Cómo iba a pensar que, aquel jodido adolescente, iba a convertirse en el pirómano más devastador de su país?

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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