El francotirador

Aragón Deportivo 1

Este domingo comienzo mi andadura literaria en Aragón Deportivo, donde incluiré un relato futbolístico cada domingo que juegue el Zaragoza. Os adelanto el relato. Podéis recoger la publicación en la Romareda el día del partido, o leerla ya a través de este enlace.

*      *      *

Allí estaba él, una vez más, solo ante el peligro. En ese instante decisivo en el que la saliva se adhiere a la garganta, el corazón busca el atajo para escaparse del pecho y los mediocres huyen a las posiciones de la retaguardia, él seguía siendo el killer. El elegido. El hombre del ceño fruncido, la expresión inalterable, el tiro decisivo.

Tomó el proyectil con ambas manos, de un modo pausado, acariciándolo como volvería a hacer con los glúteos de su más reciente novia, la cotizada modelo, cuando la batalla hubiera concluido y él, una vez más, se hubiese convertido en héroe. No se descentró: seguía su rutina con el rigor con el que un domador de leones chequea el estado de sus fieras antes de cada espectáculo. Le aguardaba un nuevo orgasmo, el mayor de toda su carrera: inmenso, glorioso, espiritual, como solo está la alcance de los mitos.

Acarició de nuevo el delicado perímetro del proyectil, el cual era capaz de lanzar a más de cien kilómetros por hora. Fue en ese preciso instante cuando el artillero oyó una voz humana a su costado: ajena, prescindible, improcedente, porque no fue capaz de discernir si expresaba aliento o intentaba descentrarlo. Respiró profundamente mientras se concentraba en la relajante sensación del aire renovado en sus pulmones. Sabía cuáles eran las prioridades. Él. El proyectil. El éxito. Y enfrente suyo la víctima, intranquila, condenada a la derrota, manteniendo su particular conversación con el destino.

No le inspiró sentimiento alguno contemplarla. Era el instinto del tiro, el logro de la meta, el único posible. No había lugar para la duda, la emoción ni la empatía. Con mentalidad psicopática calibró la distancia y fijó por fin los ojos en los de su víctima, haciéndole entender que todo estaba escrito: la suerte estaba decidida de antemano. El otro intentó mostrarse digno: se irguió, golpeó sus manoplas produciendo un ruido sordo, que no le descentró, e hizo un movimiento de cadera verdaderamente absurdo. Como si un tirador versado como él pudiera descentrarse con semejante chiquillada. Colocó la bala en el lugar exacto con liturgia de soldado, ella era su cómplice, juntos iban a elevarse hasta la gloria. Pensó en su padre muerto. Y tuvo en ese instante un peligroso lapso de debilidad, comprensible en un cualquier otro ser humano pero no en una leyenda como él era. Le envolvió un rumor coral, creciente, emocionado, más y más intenso. Miles de almas lo arropaban, lo alentaban, lo impulsaban. Él era el elegido. Su hombre. Su anhelo. Su esperanza. La victoria sería compartida; la responsabilidad, solo era suya.

Volvió a mirar al tipo al que se enfrentaba. Se había colocado en su lugar y mantenía la histriónica intención de descentrarlo. Lo sintió inferior, y aquella estampa insustancial le devolvió la chispa de determinación que le faltaba. Marchó hacia atrás despacio, marcialmente, con la mandíbula tensada como si se la hubiera inmovilizado un enorme chicle de argamasa; su mirada era agresiva, violenta, descarnada, idéntica a la de un guepardo en el momento en que decide iniciar la carrera detrás de la gacela.

Respiró una última vez profundamente, tanto que el pecho se le irguió alzando el escudo al cual amaba. De nuevo en la distancia, como un eco de los dioses, creyó oír su nombre, primero, y a la masa exigiendo su objetivo, antes de sumirse en la insonoridad de la acción.

Estaba preparado. Sabía exactamente qué iba a hacer. Un homenaje a la gloria. Un guiño a la soberbia. Un sutil disparo, tenue como el aleteo de una mariposa, letal como el sarín. Concebido para que su destinatario cayera desplomado víctima de su propia debilidad, quedando en evidencia. El proyectil llegaría mansamente a su destino, resultando doblemente doloroso para el guardameta.

Era el minuto noventa de su primera final en un mundial. Todo el país aguardaba el desenlace. Millones de aficionados en todo el planeta mantenían sus ojos clavados en aquella escena, en aquel balón, en ese instante. No consideró un plan B, se quedó con el primero que le vino a la cabeza. A lo largo de toda su carrera siempre había obrado así: como un depredador, siguiendo los mensajes inefables de su instinto.

Lanzaría a lo Panenka.

Mientras el ariete visualizaba ese gol histórico, ese penalti marcado, ese logro del éxito soñado, el juez silbó con pulmones de barítono. El francotirador aguardó otro lapso interminable de silencio antes de correr hacia el balón. No miró al portero. No miró a la portería. Consiguió mimetizarse con el proyectil y experimentó una creciente sensación de libertad al impactarlo.

La piel brillante de su bota besó el esférico con la misma suavidad con la que sus ojos viajaron hacia la portería nada más hacerlo. Apenas fueron unas centésimas de segundo en las que sintió la incertidumbre.

El tiro directo había sido ejecutado.

Ya solo dependía del portero.

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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