Poesía eres tú

gorgeous baby under blanket

Durante la adolescencia la vida parece un tiovivo de sensaciones vertiginosas. A veces percibimos estas sensaciones tan intensamente que precisamos hacer una pausa, detener su movimiento y tomarnos un respiro. Durante la adolescencia, por ello, decidimos refugiarnos en la poesía. Y comenzamos a escribir emocionados poemas de amor y de vida que nadie, salvo nosotros mismos, llega jamás a leer.

Con el transcurso de los años, aparcamos la pluma y abandonamos la creación poética. Un buen día, sin embargo, nos sentimos tan bien —o tan mal— que necesitamos reencontrarnos con esa amiga fiel. Reencontrarnos con nosotros mismos.

Mi amigo Ángel jamás había escrito poesía. Una mañana se encontró con ella cara a cara. Escribió unos versos —dedicados a su hijita, a punto de nacer— capaces de arrancar lágrimas de felicidad. Su máxima creación cumplirá pronto los dos meses. Tiene unos ojitos verdosos, vivos y escrutadores, que permanecen clavados en los de su padre mientras este la arropa y le cuenta historias plenas de sentimiento. Observar esa escena —la niña acomodada entre los brazos de su padre— rejuvenece, porque permite sentir y vivir la vida fusionándote con la Naturaleza.

El hechizo de la poesía reside en los pequeños detalles. Aquellos sin los cuales no habría grandes cosas. Detalles. Como la sonrisa de esa novia encantadora, radiante de satisfacción tras el sí, quiero definitivo. El brillo de su rostro permanece en mí como un recuerdo imborrable. Un brillo transmisor de una emoción estética y afectiva que consigue elevar el alma de quien lo percibe.

Platón identificaba la poética con el entusiasmo. Como el entusiasmo del esforzado profesor, dedicado vocacionalmente a la enseñanza, que transpira conocimientos por todos los poros de su piel y los adoba con parábolas, ejemplos y recursos que facilitan su ingestión. O como el del comprometido párroco sexagenario mientras oficia misa en su pequeña ermita ante sus amados feligreses de toda la vida. El entusiasmo del doctor que recibe a su paciente y charla con él amistosamente. Le escucha con empatía, sin prisas, ejerciendo su función de sanador con auténtico fervor. Regalándole su tiempo, su cariño y su saber. Un entusiasmo que debe acompañar nuestro camino a cada instante, desde la partida hasta la llegada.

 

No es necesario escribir versos para hacer poesía. No es imprescindible tomar lápiz y papel para plasmar tanta belleza. Es suficiente con sentir y vivir idéntica participación a la sentida y vivida por quien ha creado este poema: la Vida.

Horacio llamaba a los poetas ‘intérpretes de los dioses’. Y eso es lo que somos cada uno de nosotros. En el día a día. En cualquier situación, con cada conducta, con todo sentimiento.

Leamos poesía, nos sentiremos mejor. Pero, sobre todo, sintámonos poetas y construyamos poesía. Intentemos tener siempre presentes estos versos de Gustavo Adolfo Bécquer:

“¿Qué es poesía?” —dices mientras me clavas
en mi pupila tu pupila azul.
“¿Qué es poesía?” ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Y todos seremos un poquito mejores.

 

*   *   *

Otro relato recuperado de mi pasado adolescente, hace más de veinte años. Se publicó como columna de opinión en el periódico Noticias Jóvenes.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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