La niña de la curva

Este relato de Enseres personales, inspirado en Senegal y publicado por El Atrapamundos en marzo de 2009, es uno de mis favoritos.

*         *          *

Senegal

EL CANSANCIO amenazaba su consciencia desde hacía más kilómetros de lo que la prudencia aconsejaba. La noche se cerraba en torno a su vehículo, y el comercial se aferraba al volante alternando la tensión con la apatía, precipitándose entre el sueño y la vigilia como lo haría su coche si, finalmente, abandonaba la vía y se despeñaba por la pendiente donde moría el arcén.

El sofoco andaluz tampoco le ayudaba a despejarse. Entonces la vio, inmóvil sobre la cuneta: una aparición menuda, oscura e inquietante con un vestido blanco corto, parada en plena noche como esas damas de la carretera que desaparecen de los asientos tra-seros tras advertir del peligro al conductor antes de una curva. Solo que, en su caso, era una niña. Y su piel tenía el cromatismo de la noche.

Tras localizar de refilón la hora sobre el cuadro de mandos de su Audi 6, consideró que la compañía podría evitarle un accidente. Detuvo el automóvil junto a ella y la invitó a subir. Los ojos estremecedores de la cría se agrandaron al mirarlo, pareció dudar, entre amenazadora y asustada, como una cachorrilla de pantera lejos de su hábitat. Nada más sentarse sobre el acolchado cuero, el agua que empapaba su vestido formó un charco salino en la tapicería. El hombre lamentó haberla recogido, en especial porque apenas respondía con gruñidos y sentía su mirada, cada vez más penetrante, clavada en su cogote.

—¿Qué haces a estas horas en la carretera? Eres demasiado niña para ir sola —añadió para llenar el nuevo silencio mientras se fijaba por el retrovisor en los pezones que, abultados por el frío, se revelaban incipientes bajo el húmedo tejido—. Puede ser muy peligroso.

No recibió respuesta alguna en todo el recorrido. Únicamente gimió y se abalanzó, como posesa, cuando le ofreció galletas y agua, y las engulló con frenética ansiedad. En realidad, el hombre esperaba verla desaparecer tras cada curva, pero la chiquilla se mantuvo allí, alerta, hasta que el automóvil se detuvo en el aparcamiento del hotel. Entonces la niña echó pie a tierra y, sin despedirse, corrió hacia la oscuridad como asustada, en dirección contraria a la civilización que anticipaban los carteles de neón, las farolas y los bloques de cemento de la capital.

Confundido, el comercial pidió su llave en recepción. Iba agotado y como ausente, ansiando descansar sobre su cama.

—¿Se ha enterado? —le preguntó la recepcionista con amabilidad profesional mientras le entregaba su llavero—. Ha llegado una patera al Cabo de Gata con quince subsaharianos. Diez han muerto. La Guardia Civil anda buscando a los demás desde hace horas.

En ese mismo instante, la senegalesa Khady se recostó desconcertada sobre un muro para recuperar algo de aliento.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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