Sangre dubaití

Un nuevo relato de Enseres personales, publicado por El Atrapamundos en febrero de 2009.

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Dubaí

HACE menos de cien años, su abuelo fue un jefe beduino. Hammid al-Nahtoum es, sin embargo, un hombre sencillo. Honesto, trabajador y cercano, pese a alojarse en un hotel de siete estrellas y estar en construcción una isla con su nombre. Hubo un tiempo en que su familia se hacinaba con los trabajadores pakistaníes e hindúes. Pero él fue un chiquillo afortunado: dado que su difunto abuelo Khalid seguía siendo una leyenda del desierto —«nadie entenderá a los caballos como él, nadie los honrará al galope como ese beduino flaco, enjuto y encorvado que se agigantaba a lomos de un corcel»—, la corte del jeque Rashid contrató a su padre como cuidador en una de las cuadras nuevas de sus hijos.

Hammed heredó del padre de su padre el don, la resistencia y el instinto. Cuando tenía seis años, el jeque Mohammad, primogénito heredero de Rashid, lo sorprendió encaramado a Silver Gold, uno de sus animales favoritos, y, lejos de reñir su atrevimiento, disfrutó viéndolo dominar aquel caballo en el que tenía puestas sus mayores esperanzas para conquistar, en unos años, la Dubai World Cup, la carrera ecuestre mejor dotada del mundo.

Al enterarse de lo sucedido, el padre de Hammid lo sacó a rastras de las cuadras y, a la vista de todos, lo golpeó con una fusta hasta que la sangre le ocultó la espalda, conteniendo el llanto mientras escuchaba los dolientes alaridos de su hijo. Sabía que Silver Gold era intocable y confiaba en que, un castigo público tan severo e inmediato, apaciguaría la ira del soberano y mitigaría sus imprevisibles consecuencias.

El pobre hombre fue duramente amonestado al otro día, cuando el jeque Mohammad habló con el pequeño y se enteró del correctivo que había recibido: «Yo cuidaré de él», le dijo el príncipe alzando el dedo a modo de advertencia, incontestable, mutando en estupor la vergüenza y el temor que hasta ese instante habían consumido al padre de Hammid. El niño no volvió a dormir bajo su techo. Los técnicos del jeque, liderados por Saeed bin Suroor, un antiguo guardia de pa-lacio, sometieron al pequeño a una férrea disciplina de entrenamiento equino. Hammid y Silver Gold se hicieron uno encima de la pista. Crecieron juntos. Viajaron a Inglaterra, Irlanda, Francia y Norteamérica. Compitieron… y ganaron.

El último sábado del mes de marzo de aquel año triunfal, Hammid al-Nahtoum se irguió sobre el veloz pura sangre ante 40.000 espectadores, en Nad Al Sheba. Desde la espectacular tribuna Millenium Grandstand del hipódromo más lujoso del planeta, Mohammad —el ya jeque dubaití— y su familia corearon la gesta de su protegido en la carrera de dos mil metros que patrocinaba el Emirato. En cuanto cruzó con Silver Gold la meta, sin sacudirse siquiera la arena de la cara, el jinete campeón buscó con la mirada, a pie de pista, el rostro emocionado de su padre.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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