El señor de los condones

portrait d'une jeune modele

Allí estaba de nuevo, con ese aire maduro tan interesante. La farmacéutica se aproximó desde la registradora y le dedicó una sonrisa más nerviosa que insinuante. ¿Qué desea?, vaciló sin decidirse al tuteo.

—Preservativos con espermicida, por favor —le respondió como siempre, con ese aplomo que la volvía loca.

La licenciada llegó al expositor, localizó la caja con dedos temblorosos y la entregó solícita, alargando el gesto para disfrutar un leve contacto de aquella piel tan suave. Después lo vio marchar con el rubor cosido a sus mejillas e imaginó mil escenas de besos y caricias para compartir con él los preservativos que acababa de envolverle. Apenas pisó tierra en toda la mañana; incluso el propietario tuvo que llamarle la atención cuando estuvo a punto de entregarle a una señora un frasco de laxante en vez de expectorante. Por la tarde volvió a sentir los celos: ¿con quién gasta mis condones?, se obsesionaba hasta el ardor de estómago. La poseía entonces una desesperación nerviosa, las ansias de llorar, de abandonarlo todo para siempre, y regresaban esos monosílabos cortos y tajantes para despachar a los clientes.

Al tercer o cuarto día la resignación regresaba a sus mejillas y, poco a poco, su sonrisa volvía a iluminar el dispensario. Casi llegaba a olvidarlo hasta que, otra tarde gris como cualquiera, cinco o seis semanas después de su última visita, intuía que pronto volvería y, esta vez sí, lo invitaría a cenar y harían el amor frente a esa chimenea que le había atribuido, tal vez porque los galanes de película siempre tienen una. Eran estos días de peluquería, maquillaje y un optimismo frenético, hasta que el hombre reaparecía, impecable, el pelo cano y la corbata sobria, discreto y radiante al mismo tiempo, haciendo detenerse todos los latidos.

—Preservativos con espermicida, por favor.

Estuvo a punto de preguntarle el nombre, pues adivinó un atisbo de interés en su mirada; pero sus labios no se abrieron y la oportunidad pasó, crujiendo como el celofán bajo sus dedos. De haberle dicho algo, quién lo sabe, el hombre tal vez le hubiera hablado de la muerte de su esposa, de los devaneos de su hija adolescente con los pichabravas de instituto que no llevan condones, de la soledad y el crónico cansancio. De haberle dicho algo aquella farmacéutica, quizá hubiera comprado una caja más de seis preservativos… y los hubiera guardado en su cartera.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Junio 2007]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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