El duende Narciso

Jarkko

Cuenta la leyenda que Narciso, el hijo del río Cefiso y de la ninfa Liriopea, dotado de gran belleza, era insensible a los sentimientos amorosos. Un día, viendo su imagen reflejada en las aguas de una fuente cristalina, se extasió con su propia hermosura y sumergió sus brazos en el agua para asir al objeto de su pasión. Sin embargo…

El duende Narciso habita en un recóndito y oscuro rincón de cada uno de nuestros corazones. Es un personajillo inmaterial, huidizo, que aguarda agazapado el momento idóneo para actuar. Es el único fruto de la unión marital de Don Egocentrismo y Doña Vanidad; y se instala en nosotros sibilinamente, aprovechando nuestra prolongada transición de niños a adolescentes.

Como todo duende, se comporta traviesamente y su presencia, por ello, resulta perniciosa —más por la imprudencia e irreflexión de sus actos que por la existencia de malvadas intenciones—. El duende Narciso se siente encantado consigo mismo. Se ama más que a nada ni a nadie en este mundo. Está enamorado de su propia inteligencia, de su prestancia y gallardía, de sus ojos preciosos como un amanecer en alta mar, de sus sabias decisiones… A veces, al contemplarse en su maravilloso espejo de bordes dorados, sus retinas se humedecen emocionadas, mientras una sentidísima sonrisa comienza a dibujarse en sus perfectos labios.

El duende Narciso es un personaje hiperactivo. Necesita estar siempre en plena ebullición. Lo sabe todo: física cuántica, filosofía oriental, los precios de la compra, quién ganará las elecciones, ajedrez, qué le ocurre al niño pequeño de los vecinos… Y habla y habla locuaz, impulsivo, por el mero hecho de hacerse escuchar. Porque, si algo necesita verdaderamente este personaje, es un auditorio de entregados espectadores capaces de captar toda la grandeza de sus intervenciones. Se alimenta de las glorias y alabanzas de su entorno, que le permiten desplegar su imaginaria y enorme cola multicolor de pavo real.

Se ama. Se considera perfecto. Tan perfecto que nada más allá de su propia biografía tiene, en su criterio, la mínima importancia.

El joven e inmaduro duende Narciso no tiene amigos. Bueno, sí. Tiene uno: él mismo es su mejor y único amigo. Sin embargo, no duda en asociarse con quien pueda colaborar en sus propósitos, sea quien sea. Esto le lleva, en ocasiones, a frecuentar funestas compañías —Doña Envidia, el tío Rencores, la señora Soberbia o el fatídico y temido Odio, entre otros—. Lo hace sin malicia, pero con absoluta imprudencia. Y normalmente las consecuencias de sus insensatos comportamientos afectan de manera lastimosa a cuanto le rodea.

El pobre Narciso afirma estar satisfecho con su existencia, pero no es feliz. Porque desconoce el valor de la amistad y del altruismo, y cuando tiene un problema opta por ocultarlo ante su propio reflejo en el río de la vida. Porque nunca ha sido generoso, ni ha pedido perdón o ha estado arrepentido. Porque jamás ha sido capaz de dar sinceramente las gracias a nadie, ni ha transmitido la grandeza de una mirada agradecida. No puede ser feliz porque sus metas son vacuas: firmar autógrafos, ser reconocido, recibir piropos, destacar en reuniones, tener siempre la última palabra, erigirse en Number One allá donde se encuentre. Y Narciso lo sabe, aunque esconde la cabeza bajo tierra como un avestruz. Mirándose el ombligo para poder olvidarlo.

El duende Narciso que reside en un oscuro lugar del corazón de cada uno de nosotros no es, sin embargo, tan malo. Puede aprender. Podemos educarlo. Podemos conseguir, no sin cierto esfuerzo, que comprenda el valor de darse a los demás. Podemos conseguir que sirva a los intereses de Doña Metas Nobles y Don Amor al Prójimo. Es capaz de descubrir lo equivocado de su existencia y ponerse al servicio de quienes lo merecen. De este modo, merced a su autoestima, su tenacidad y su amor propio bien entendido —las cualidades que lo caracterizan— se convertirá en un valioso servidor de nuestra causa.

Y ese recóndito y oscuro lugar de nuestro corazón volverá a teñirse de un rojo tan intenso que a todos irradiará felicidad.

*   *   *

Recupero estas columnas de opinión que publiqué en el periódico Noticias Jóvenes a mediados de los noventa. Han pasado veinte años, pero el Míchel Suñén más inexperto tenía razón en ciertas cosas.

 

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Actualidad y opinión y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s