El juego de la guerra

Hidden
El muchacho los ametralló sin pestañear siquiera. Se sobrepuso al hormigueo del dedo del gatillo y continuó hacia el callejón. La noche gritaba su silencio mientras todos duermen, y aquella luz hipnótica lo guiaba hacia un desenlace imprevisible. No había vuelta atrás.

Sintió el sueño secuestrado por la excitación, ese cansancio físico al que no podía doblegarse, y esos nanosegundos de vacilación le costaron la partida. Lo acribillaron a balazos desde todas las posiciones: eran tantos que apenas consiguió protegerse en unos soportales antes de agotar su provisión de granadas. Acorralado entre las ruinas sintió próximo el fin. El rojo de la sangre se teñía con el amarillo anaranjado y lumínico de las explosiones, con los cadáveres pardos, con los cascotes y el vacío. Lo derrumbó el cansancio psíquico, la certeza de una derrota que podía prolongar, mas no impedir. La mano le dolía, los ojos le escocían y los proyectiles impactaban a su alrededor más y más cercanos. Sabiendo que todo terminaba, aún fue capaz de matar a otra docena de soldados, pero no de escuchar los gritos de dolor de los caídos, los estertores mortales ni el terror de los civiles, mujeres, niños y mayores a los que también, en ciertos casos, daba matarile. En esa guerra solitaria que libraba nunca estaba claro quién era el traidor o el enemigo, las víctimas colaterales importaban mucho menos que el avance. Vació el último cargador y, estando ya todo perdido, el chico decidió morir como héroe antes que entregarse, así que intentó rearmarse corriendo entre los muertos. Recibió catorce impactos, todos por la espalda. Con los ojos enrojecidos vio su figura abatida, sintiendo la opresión de la jaqueca en ambas sienes, cada vez más persistente.

Ese fue el final, pese a la taquicardia que percutía en su tórax y las ansias de venganza. Game over, leyó por segunda vez en la pantalla del monitor antes de apagarlo sin jugar otra partida, como deseaba. Eran las cuatro de la madrugada y el despertador paterno iba a sonar pronto. Se acostó, cerró los ojos y continuó viendo las luces rojas, amarillas y naranjas, esa orgía destructora, hasta quedarse dormido.

Por la mañana se levantó cansado, soñoliento e irascible. Tenía cuentas que saldar con esa videoguerra y, por desgracia, la vida real, la familia y el colegio solo eran para él una espera inevitable antes de hacerlo.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Marzo 2007]

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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Una respuesta a El juego de la guerra

  1. Alejandro Lambán Herrero dijo:

    Un relato fiel de la realidad de muchos adolescentes y no tan adolescentes

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