Enlace en Targoviste

Recupero este relato de la colección Enseres personales, publicada por El Atrapamundos en octubre de 2008.

*         *          *

Rumania

VOLVÍAN a estar todos. La boda de Ionel y Ruxandra había reunido en Targoviste, ese domingo de agosto, a la práctica totalidad de ambas familias: los Popa y los Stoica, desperdigados como estaban por la geografía española desde hace tantos años. Terminada la ceremonia religiosa, los invitados se congregaron en un sencillo restaurante, donde el trasiego de dulces y licores no cesó hasta que el último familiar dejó el local. 

Ruxandra Popa era una mujer afortunada. Resolutiva, trabajadora, emprendedora; no dudó en seguir a su hermano Vasilii cuando éste decidió emigrar a Castellón, cinco años atrás. Empezaron desde abajo: él en la construcción y ella en el servicio doméstico, sin papeles ni contratos, con sueldos miserables diezmados por las comisiones de los compatriotas que les proveían los trabajos. Vasilii ha prosperado: regularizó su situación y trabaja como encofrador por cuenta propia, incluso contrata a otros rumanos a menudo; por eso no duda en animar a Ilie, un primo lejano al cual vio la última vez cuando era un niño, para que se decida y deje Dambovita rumbo a España:

—Tengo contactos allá —le dice entre tragos de cubata—. Yo mismo puedo darte empleo.

Y el muchacho se imagina conduciendo un deportivo rojo como el de Razvan, el hijo de la vecina de su abuela, que una vez al año presume en la barriada de como le va todo en Alcalá de Henares, haciendo ostentación de marcas, ornamentos y divisas aunque, eso sí, obviando con obstinación su procedencia. Crina Ionescu, sin embargo, lo conoce bien. Buena amiga de Ramona, la hermana del novio, también emigró a España siendo una muchacha, llena de ilusiones y ansias de grandeza. Coincidió con Razvan tres meses después de su llegada, en un club de carreteras donde ejerció la prostitución temporalmente, justo antes de romperse el alma y resignarse a mercadear placer por llanto hasta que un príncipe azul, que nunca llega, la retirara:

—Puedo darte trabajo —le había dicho el conocido que lucía una camisa rosa y grandes cadenas doradas, antes de largarle su tarjeta—. Búscame aquí.

Qué guapo está el novio, piensa Crina aferrándose a su naranjada para alejar esos recuerdos ingratos. Siempre le ha gustado. En parte emigró para seguirlo, aunque nunca le prestó la mínima atención: sólo era para él la amiga omnipresente de su hermana. Ruxandra, a la que apenas conoce, no está mal, parece una buena chica; pero Ionel Stoica podía haber tenido algo mejor, Dios sabe que con ella.

El novio es un joven alto, bien plantado, con mandíbulas cuadradas, ojos expresivos e inteligente mirada. Licenciado en Ingeniería, se gana la vida en España como oficial de primera en una constructora seria en donde gana un buen sueldo. La novia, por su parte, trabaja en una empresa de limpieza no tan seria que le paga por servicio, si bien saca un jornal aceptable metiendo muchas horas. Disfrutan, pues, de una situación razonablemente acomodada que les permite vivir bien, mandar dinero a casa, darse algún capricho y celebrar este festín en la barriada, con más de cincuenta invitados.

La abuela de los Stoica, oronda, emotiva y charlatana ella, apenas logra contener el llanto cada vez que se cruza con uno de sus nietos, a los que no ve desde el último verano. Igual que Ionel, Petrica trabaja en la construcción, mientras que Ovidiu y Ramona, los pequeños, re-colectan fruta por los pueblos de España. Las escarapelas de flores abundan en las solapas de las camisas masculinas, junto a los hombros desnudos de las damas y sobre las pecheras de las americanas obsoletas de los más mayores. Las chicas coquetean sonrientes bajo los rostros estucados con capas y más capas de maquillaje barato, carmines intensos y rímel excesivo. Los hombres beben y presumen mientras los niños juegan a ser grandes chapurreando español entre risas animadas. El padrino, pasado de licor, intenta hacer un brindis y todos bromean al oír su acento, virado de andaluz tras diez años de hostelería en la costa malagueña.

Ruxandra mira alrededor y ve a su madre, feliz, con esos ojos negros, redondos, tan hundidos por el sufrimiento como penetrantes, que ella le ha heredado. Está contenta, ofreciendo pastelillos a un grupo de vecinas. La novia echa la mirada atrás y recuerda cuánto le costó adaptarse a España, dejar de extrañarlo todo y asumir cada mañana por qué continuaba en tierra extraña. Hasta que un día cualquiera unos compatriotas le presentaron a Ionel, oriundo de su localidad aunque no se conocían.

En ese mismo instante, su esposo se le acerca por detrás y le susurra cariñosamente ‘Te iubesc’ cerca del oído.

Ruxandra, dejándose arrullar, toma su mano antes de depositarle en-tre los labios un beso apasionado.

—Te quiero —puntualiza en español con una carcajada.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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