Un problema que envejece

Sight of the old man

En las culturas primitivas se consideraba a los ancianos depositarios de sabiduría y memoria. En la Grecia clásica, por su parte, la vejez era una meta deseada cuyo estatus se llenaba de respeto, honores y privilegios. Después llegó el progreso. La revolución industrial. El avance económico imparable, el bienestar social, Internet, tantas mejoras. Entre otros beneficios se ha disparado nuestra esperanza de vida (80,9 años en España) y ha aumentado la calidad vital de nuestros años finales. Junto a un fenómeno social de culto al joven y rejuvenecimiento estético y mental, los avances favorecen que vivamos mucho más, mucho mejor, beneficiándonos como individuos, pero modificando lenta e implacablemente la pirámide social de nuestro mundo, que ya no acaba en un vértice estrecho sino en un pesado techo. Para que no sea un lastre, debemos aprovechar las cualidades de esa ancianidad cada vez más numerosa. Se exigen paradigmas, estructuras y conceptos renovados. Y no solo por el riesgo de colapso en las pensiones, multiplicado por la crisis económica mundial pero iniciado por un dato incuestionable: hay más viejos y, por tanto, menos población activa para ‘mantener’ a la no activa. Lo cierto es que se corre el riesgo de crear una sociedad deshilachada, llena de ancianos inservibles, arrinconados, obcecados por parecer jóvenes y sin capacidad para aportar su serenidad, su memoria, sus conocimientos.

A mí, aunque aún me queda lejos, tampoco me hace gracia jubilarme a los 67. También es cierto que, al vivir más (se supone), disfrutaré más años de esa jubilación. Siendo diferente un minero a un catedrático, quizá haya que aceptar esa prórroga laboral como una concesión inevitable a la colmena social. Con todo, los ancianos son cada vez más numerosos. Más mayores. Mucho más activos. No podemos asignarles un secundario papel de observadores, ni aparcarlos por sistema en geriátricos con todas las comodidades salvo las vitales (cariño familiar, utilidad personal, sentido existencial), ni imponerles la custodia de los nietos reemplazando a los padres, abducidos estos por el frenesí laboral que nos posee.

Soy demasiado joven para hallar la solución. Pero nadie es demasiado viejo para estar fuera del problema.

*         *          *

Otro de mis artículos publicados en la Crónica del Casco Histórico, de El Periódico de Aragón, hace unos años (octubre de 2010). Está claro que sigue siendo válido…

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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